Enfermeros de Almería rumbo a Reino Unido: cuando emigrar también es una forma de cuidar a los demás
Una generación que cruzó fronteras en busca de estabilidad, reconocimiento y un lugar donde la enfermería pudiera crecer

Miguel Rodríguez, Carmen Ropero, José Manuel Hernández y Juan Marcos Hernández, enfermeros almerienses que pasaron años en Reino Unido
A veces, el rumbo de una profesión empieza con una maleta. No siempre pesa por lo que lleva dentro, sino por todo lo que falta: oportunidades, estabilidad, un futuro digno. En Almería, como en muchas provincias españolas, la enfermería aprendió a despedirse demasiado pronto. Y fue precisamente esa búsqueda —de futuro, de reconocimiento, de desarrollo profesional— la que empujó a cientos de enfermeras y enfermeros a mirar hacia el norte. Algunos se fueron sin plan, otros con contratos esperándoles; casi todos con la esperanza de que fuera temporal.
Reino Unido se convirtió en escala y destino. Allí, un sistema sanitario público distinto al español ofrecía lo que aquí costaba encontrar: especialización desde el inicio, formación diferente, itinerarios de carrera estructurados y una presencia de la enfermería dentro de los equipos clínicos que rompía con la idea tradicional del “personal auxiliar”. No era una tierra prometida; era, simplemente, otro punto de partida. Para algunos fue un puente; para otros, un hogar; para unos cuantos, el lugar donde entender por qué marcharse también es una forma de quedarse.
La vocación
Para muchos enfermeros y enfermeras almerienses, la década posterior a sus estudios fue una carrera de fondo contra la incertidumbre. Contratos cortos, cambios continuos de servicio y la sensación de que el esfuerzo no siempre encontraba su reflejo en la carrera profesional. Mientras tanto, desde Reino Unido llegaban señales de otro modo de ejercer la profesión. Así comenzó un fenómeno que no fue solo laboral, sino emocional: emigrar para poder seguir siendo enfermero.
En ese movimiento, nombres propios empezaron a dibujar el mapa de la experiencia. Miguel Jesús Rodríguez Arrastia se marchó en 2012 tras iniciar su andadura investigadora y encontró en Southampton un espacio donde práctica y academia caminaban de la mano. Juan Marcos Hernández, que llegó en 2014, descubrió un sistema en el que la enfermería participaba en los protocolos hospitalarios y en las altas clínicas. Carmen Ropero cruzó la frontera en 2013 y habla de Reino Unido como el lugar donde comprendió el valor de la autonomía del paciente. José Manuel Hernández, que aterrizó en Londres en 2009, resume aquella etapa como “la experiencia más formativa de mi vida”, marcada tanto por el aprendizaje profesional como por el choque cultural. Distintas historias, un hilo común: la decisión de no frenar una vocación.
La migración en datos
Las experiencias personales no son casos aislados. La salida de profesionales sanitarios hacia el extranjero se ha convertido en uno de los movimientos laborales más significativos del sistema sanitario español del siglo XXI. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), el 45,6 % de las enfermeras españolas que migraron lo hicieron hacia Reino Unido, lo que lo situó durante años como destino prioritario. Entre 2000 y 2022, más de 52.500 enfermeras formadas en España solicitaron el reconocimiento de su título para ejercer en territorio británico, un flujo que marcó generaciones enteras de profesionales.
Este éxodo no es neutro: deja huella en casa. La Sociedad Española de Salud Pública (SESPAS) y el Ministerio de Sanidad alertan de que la migración enfermera es ya una amenaza real para la cobertura asistencial. España cuenta con 6,3 enfermeras por cada 1.000 habitantes, lejos de la media europea (8,5) y por debajo de países como Portugal (7,4). En los últimos años, el mapa ha cambiado: Reino Unido pierde fuerza tras el Brexit y Noruega emerge como nuevo destino, con una demanda que se triplicó en el último lustro. Entre 2018 y 2022, el número de españolas trabajando en Reino Unido cayó un 48,3 %, pasando de 5.172 a 2.673. Un fenómeno vivo, cambiante y, sobre todo, difícil de predecir.
Otra enfermería
En este contexto, en el sistema británico la enfermería no se percibe únicamente como una figura asistencial. Desde el primer día, se invita a los profesionales a tomar decisiones, especializarse y asumir responsabilidades clínicas propias. La práctica avanzada —donde la enfermera lidera protocolos en áreas concretas como diabetes, gestión de caídas o atención a pacientes vulnerables— es una realidad normalizada. La formación continua no se negocia: la mayoría de hospitales la financian, la facilitan y la consideran parte del trabajo. Es una estructura pensada para crecer, no para sobrevivir. Allí, el desarrollo profesional no depende de estar en el lugar adecuado en el momento adecuado, sino de un itinerario que existe y se respeta.
Ese contraste fue decisivo para quienes emigraron. Juan Marcos llegó a supervisar equipos y recuerda que “si querías formarte, el hospital te llevaba de la mano”. Carmen descubrió un modelo centrado en la autonomía del paciente: desde decidir sobre su alimentación hasta participar en la planificación de sus cuidados. José Manuel vivió el aprendizaje como un viaje a contrarreloj entre idiomas, cultura y nuevos roles, pero asegura que le cambió la vida: “Era duro, sí, pero también sentías que te estaban construyendo como profesional”. Incluso para perfiles académicos como el de Miguel, Reino Unido fue un impulso: un lugar donde su doctorado encontró espacio para crecer entre práctica clínica e investigación. Allí entendió que otra forma de ejercer era posible: con voz, con herramientas y con horizonte.

Foto de archivo de una enferma de diabetes.
Emigrar para crecer
Más allá de las trayectorias individuales, la experiencia de trabajar en Reino Unido dejó una huella compartida entre los profesionales almerienses: crecer no siempre fue una elección, sino una necesidad. Para muchos, fue la primera vez que sintieron que su profesión tenía un camino definido y no solo un calendario de contratos temporales. Que formarse no era un mérito extra, sino parte de la jornada. Que la especialización no dependía de encadenar años en una unidad, sino de programas claros, apoyos institucionales y objetivos alcanzables. Reino Unido no era la solución perfecta, pero sí un lugar donde la enfermería podía ensanchar sus posibilidades.
Ese contraste hizo que la mirada cambiara también sobre España. Muchos aprendieron a valorar la calidez asistencial, el vínculo con los pacientes y la fortaleza del sistema público nacional. Pero también vieron con claridad dónde dolía: la falta de reconocimiento efectivo, la dificultad para planificar una carrera, la resistencia a integrar la práctica avanzada o el liderazgo enfermero en la toma de decisiones. Esa perspectiva doble —aprender lo que funciona fuera y defender lo que funciona dentro— es uno de los grandes legados del viaje. Porque irse no siempre es escapar: a veces, es coger impulso para volver con otra voz.

St Thomas' Hospital en Londres
Volver, quedarse
Hoy, algunos de aquellos enfermeros y enfermeras han regresado a Almería; otros permanecen en Reino Unido o han continuado su camino en otros destinos como Noruega o Australia. Pese a las distancias, comparten una certeza: la vocación no es fronteriza. Cambian los sistemas, los protocolos y los idiomas, pero hay algo que permanece inalterable: la voluntad de cuidar. Emigrar les enseñó que la profesión puede ser muchas cosas a la vez: técnica y humana, científica y emocional, local y global. Y que, aunque España y Reino Unido sean dos formas distintas de entender la enfermería, ambas suman una mirada imprescindible para el futuro.
Quizá por eso, quienes se fueron no hablan de pérdida, sino de aprendizaje. Dicen que la experiencia los hizo más críticos, más libres, más conscientes de lo que quieren y de lo que ya no están dispuestos a aceptar. Que volver no es retroceder y quedarse no es claudicar. Que marcharse no fue renunciar a su tierra, sino defender su derecho a seguir creciendo. Al final, la emigración sanitaria no es una estadística; es una generación con maletas llenas de currículums, de idiomas, de miedos y de valentía. Y en cada regreso, en cada llamada, en cada proyecto que nace en Almería con lo aprendido fuera, hay una idea que se abre paso: la enfermería almeriense no se fue; se prepara para volver más fuerte.