La Voz de Almeria

Almería

Sale a la venta la casona donde vivió y escribió Carmen de Burgos

Los propietarios la ofrecen al Ayuntamiento de Almería para que la reconvierta en un centro cultural en plena calle Las Tiendas

Una de las estancias de la casa que habitó Carmen de Burgos con su marido Arturo Alvarez.

Una de las estancias de la casa que habitó Carmen de Burgos con su marido Arturo Alvarez.

Manuel León
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El escenario intacto de una de las viejas imprentas de Almería sigue ahí, en la casona más antigua de la calle de Las Tiendas, en el número 17; sigue ahí el sótano semioculto, la bóveda del techo y la arcada, la estrecha escalera de caracol por donde subían y bajaban los redactores, los vanos de las ventanas; siguen ahí los tinteros ya secos, el latón de las regletas y hasta los tipos fijos del abecedario, con restos del plomo centenario con el que don Mariano Alvarez y sus secuaces confeccionaban La Campana de la Vela; sigue ahí en espíritu esa fábrica de la palabra escrita, en esa soledad sonora, donde no llega siquiera el rumor de las tiendas de bragas y sujetadores de arriba; y sigue también ahí el rincón donde Carmen de Burgos ejerció de cajista de La Almería Bufa, antes de que su marido, el hijo del dueño, el que había sido su amor, la maltratara tras noches de prostíbulos y licor.

Sigue todo eso ahí, ahora propiedad de la familia García Gálvez, ajena al negocio original, como un testigo mudo de lo que fue el preámbulo de la primera actividad informativa almeriense y de su principal personaje, el primer periodista profesional de la historia de Almería, protagonista de una vida trepidante llena de dientes de sierra. Cuando Mariano Alvarez Robles editó su primer periódico, El Pensil, en 1835 en ese sótano, Francisco Rueda, el considerado como el padre del periodismo almeriense moderno, acababa de nacer.

La casona, que está catalogada en grado 2, es propiedad de Manuel García Gálvez, quien la ha ofrecido al Ayuntamiento de Almería con el afán de verla convertida en un centro cultural, a la manera de la Casa de Valente, para actividades artísticas y sociales. “He tenido ofertas de compra de un australiano para hacer un bar en la terraza, pero prefiero que sea patrimonio público por la historia que encierra y por cómo se ha conservado a lo largo de más de un siglo, expresa García Gálvez.

La casa pasó de los herederos de aquel Mariano Alvarez a Matías Pérez, un comerciante de la provincia de Murcia que estableció una pañería en el bajo de la casa llamada La Fortuna. Después la compró en 1931 por 35.000 pesetas su yerno, el alhameño Manuel Gálvez, con el dinero que ahorró como emigrante en Nueva York. Y al morir éste, fue heredado el edificio por su hija Yany Gálvez y ahora por sus hijos.

Se trata de una casa de 650 metros construidos, distribuidos en dos plantas, donde aún luce loza con pedigrí, sillones versallescos, paños antiguos, muebles de caoba, baúles de la época del chantecler y un reclinatorio religioso. Las estancias están unidas por una escalera de mármol y abajo, donde estaba el santuario de Colombine, se llega por una escalera serpenteante, donde a uno se le antoja que sigue oliendo a plomo y a tinta. 

Arriba del todo está la azotea y el antiguo palomar, desde donde se divisa la piedra de la muralla de San Cristóbal y en la pared enjalbegada está dibujado el letrero de La Sirena. Pero el verdadero encanto de la pequeña mansión más que centenaria está en esa cripta embrujada aún por el aroma de la imprenta de Mariano y de Carmen, donde se llegaron a imprimir algunos de los números del primer Boletín de la Provincia y donde vivió la propia Colombine, antes de divorciarse del déspota Arturo Alvarez, el hijo de aquel impresor republicano que la enseñó a redactar.

Una reliquia en la calle Las Tiendas

La casa de Manuel GarcíaGálvez flota como una reliquia en esa vetusta calle, en ese angosto pasillo que se llamó de Las Lencerías y ahora calle Las Tiendas. A su lado estuvieron de vecinas, por la escritura de propiedad se sabe, las casas de Francisco Romero, de Gaspar Núñez y de Juan Morata, que eran de las más antiguas de la zona. Ahora solo queda ésta: la que tiene debajo una tienda de camisetas y otra de bolsos, en la que la escritora más fecunda de Almería nació a la literatura, en donde fue feliz y después desdichada, en la que, años después, abrió comercio un murciano de Fortuna que llegó en una recua de mulas y terminó vistiendo de punta en blanco a generaciones de almerienses de entre siglos.

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