Defensa de los pueblos frente a las ciudades
Estamos urbanizándolo todo, con el asfalto de una nueva cultura que acabará erradicando prácticas como la caza

De vez en cuando me gusta pasar temporadas en los pueblos, sobre todo en mi Alpujarra querida, donde tengo contacto con la naturaleza, escucho el silencio de la montaña y observo admirado a los animales en su esplendor, galopando entre los encinares y refrescándose en los riachuelos. En alguna ocasión se escucha algún disparo de un cazador, pero no soy de los que se llevan las manos a la cabeza. Forma parte del paisaje y, por supuesto, de la economía y del sustento de la gente que habita estos lugares.
En este etnocentrismo que estamos padeciendo en los últimos años la caza es una víctima de la visión subjetiva y parcial de unas cuantas personas –cada vez más-, que se arrogan una superioridad moral porque sus creencias son las mejores, según parece. Consideran que matar animales como deporte es una práctica a extinguir y que los cazadores son seres sin alma, tipos capaces de lo peor o incluso maltratadores en serie… Pero lo más llamativo de esta torticera versión de la historia es que no saben el daño que pueden llegar a hacer si el día de mañana se prohibiese la caza. Sería absolutamente irreparable.
En España son cientos los pueblos que viven de la caza y que mantienen su población gracias a ella. Mediante recursos privados –y por tanto no públicos, ojo con esto-, de los ‘paganinis’ o cazadores que llegan los fines de semana de montería se sostienen los cotos, se cuida el campo y, lo más importante, los habitantes de esos municipios no tienen que marcharse a las ciudades. Es absolutamente fundamental para el futuro rural que la práctica cinegética no se acabe nunca. Ahora bien, hay que perseguir a los furtivos, que son los que verdaderamente hacen daño sobre nuestros ecosistemas. Me atrevería a decir que los cazadores se convierten, además, en los mejores vigilantes, con el objeto de que el furtivo no campe a sus anchas por las montañas.
Con la caza ocurre igual que con los toros. La visión más urbanita se está consolidando, queriéndonos hacer ver que solo existe un camino para la elevación del ser humano, que es la confraternización cuasi humana entre nosotros y los animales. Todo lo demás supone bajar peldaños, pertenecer a un escalón social más bajo, según la nueva cultura que nos invade. Esta visión del mundo se está haciendo fuerte en la sociedad actual, que va camino de urbanizarlo todo, incluidos nuestros pueblos.
Nunca he pegado un tiro y tampoco me llama la atención abatir un ciervo o un jabalí, pero entiendo a quien lo haga. El escritor mexicano Guillermo Arriaga, creador de maravillosas ficciones literarias y cinematográficas, dice en su Twitter: “Tiempo de cazar; cazo, luego existo”. No he rebuscado mucho, pero seguro que muchos le llaman asesino y cosas peores. Lo que no se dan cuenta es que cuando los cazadores dejen de disparar quienes habrán muerto serán los pueblos y entonces ya será tarde.