La Voz de Almeria

Almería

Los tiempos estaban cambiando

El 15J en Almería. 40 aniversario de las primeras elecciones democráticas

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Habían pasado catorce meses de la muerte de Franco, apenas un instante, pero teníamos la sensación de que todos éramos demócratas de toda la vida, que la dictadura era algo antiguo que solo se avivaba en los rescoldos de la memoria de nuestros padres cuando nos sentábamos alrededor de la mesa de camilla. Pasaban tantas cosas entonces, que un mes nos parecía un año. Apenas catorce meses nos habían instalado para siempre en una democracia sin la que ya no nos era posible entender el mundo. Nos habíamos habituado a vivir una revolución diaria y habitábamos en un clima de excitación permanente.
Nos excitaba la política con sus discursos capaces de cambiarlo todo en una frase; con aquellos mítines interminables de izquierdas en las naves de Saltúa que terminaban con un recital de un cantante de moda; con sus políticos cercanos, tipos como Laudelino Gil, como Antonio Maresca, con los que a veces compartíamos la misma barra del bar a la hora de las cañas.


Franco Navarro Nos excitaban las primeras manifestaciones que desafiaban la presencia de la policía armada como si fueran hermanas de la caridad con una porra en la mano; los gritos de libertad y justicia de los pescadores cuando tomaron el centro de la ciudad con sus peticiones, cuando hicieron de las calles de su barrio una trinchera.
Nos excitaban los éxitos del Almería, que en aquellos primeros meses de 1977 nos parecía un equipo de Primera en su nuevo campo de fútbol y con su estilo moderno de entender el juego. Qué lejos nos parecían los tiempos del estadio de la Falange, donde aún disputaba sus partidos nuestro equipo seis meses atrás, y que en el 77 recordábamos como si fuera un sueño remoto. En cierto modo, el campo Franco Navarro también supuso una revolución en aquellos años intensos de la Transición, cuando entendimos que el fútbol no era un deporte sino una pasión, y que como todas las pasiones había que sentirla en la piel, olerla de cerca, escuchar sus sonidos pegados a la hierba, rozando la mirada de los jugadores.


Las campañas
Nos excitaban las campañas electorales, cuando la ciudad se levantaba desordenada, caótica, empapelada de carteles, y cuando a los niños de mi barrio un conocido abogado nos daba diez duros por cabeza por arrancar de las paredes la propaganda del Partido Comunista. “Como entren los comunistas os vais a enterar de quién son esa gentuza”, nos decía para levantarnos el ánimo antes de  emprender la escaramuza. Nos excitaba el sonido de los altavoces de los coches cuando iban gritando sus consignas calle por calle, y las pintadas clandestinas que de vez  en cuando aparecían en la madrugada reclamando la República y el fin de la monarquía. Para los adolescentes de aquel tiempo, las pintadas nos dejaban en el alma un regusto amargo, un poso de miedo, recordando aquella noche del verano de 1976 en la que el joven Javier Verdejo había sido asesinado en la arena de la playa de San Miguel.


Nos excitaba la fuerza de los obreros de la construcción, que con la democracia dejaron de ser simplemente albañiles, y que en el mes de abril se echaron a la calle a reclamar sus derechos, dejando paradas todas las obras de la ciudad, que durante tres semanas parecía uno de aquellos poblados abandonados que veíamos en las películas, una ciudad de andamios y ladrillos. Después de la huelga de palustres se firmó un pacto para que el salario mínimo de un peón alcanzara las quinientas pesetas mensuales.


18 de julio
Nos excitaban las consignas de los miembros de Alianza Nacional, aquel grupo franquista que se había quedado colgado treinta años atrás, y que en las semanas previas a las elecciones del 15 de junio llenó nuestras calles con una consigna evocadora: “Suma para España un 15 de junio sin restarle lo mucho que le dio un 18 de julio”. Los que éramos demasiado jóvenes entonces no entendíamos muy bien esta frase que trataba de rescatar la esencia de la dictadura y que chocaba de frente con algunas de las reivindicaciones que esos mismos políticos pregonaban en los mítines y en la propaganda del periódico: “Trabajo pero sin explotadores ni explotados”. “Viviendas para todos”. “Enseñanza gratuita y obligatoria”. “Separación Iglesia-Estado”. Como le dijo un día doña Amparo, vecina de la Plaza de Castaños y mujer de derechas de toda la vida, a Ginés de Haro, el número uno de Alianza Nacional en Almería, “don Ginés, si parecen ustedes socialistas escuchando las cosas que piden”.


Nos excitaba también salir a deshoras en un tiempo en que Almería no tenía vida nocturna y en un día de diario, a las diez de la noche, no había un alma en la calle. Nos excitaba porque había en el ambiente un peligro latente, la posibilidad de que te quitaran el reloj o la cadena de oro a punta de navaja. Los primeros años de la Transición nos trajeron los primeros problemas con la droga y con la delincuencia. Todos conocíamos en nuestra calle a algún joven descarriado, o como antes se decía, a un cabeza rota que se echó a perder y fue la ruina de su casa. En aquella época apareció en escena la figura del chorizo que era la versión moderna del ratero de toda la vida, con la diferencia de que si los de antes robaban para comer, los nuevos quinquis lo hacían para costearse los nuevos vicios. Esa eclosión de la delincuencia callejera nos trajo la creación de un nuevo servicio policíal, el 091, que se implantó en Almería en 1978. Cada vez que pasaba algo llamábamos al 091, que no tardaba en presentarse a bordo de aquellos coches blancos con sirenas que popularmente fueron bautizados como ‘lecheras’.


Nos excitaban los aires de grandeza de los estudiantes progresistas del Colegio Universitario, que para nuestros ojos venían a ser una versión descafeinada y pueblerina de los que se iban a estudiar a Granada. El Colegio Universitario había tenido una larga historia desde sus inicios en los barracones de la Finca de ‘Santa Isabel’ durante cuatro cursos, de 1972 a 1976. En 1973 la Caja de Ahorros adquirió más de ciento cuenta mil metros cuadrados de terreno para la construcción del nuevo complejo universitario. Los terrenos costaron diez millones de pesetas y el lugar elegido fue el antiguo cortijo ‘Victoria’, en la Cañada de San Urbano.


En octubre de 1976, después de esperar más de un año por falta de presupuesto, el nuevo Colegio Universitario abrió sus puertas. En ese mismo momento se dio el primer paso hacia la moderna Universidad que hoy se ha hecho fuerte en el mismo lugar.


Nos excitaban los humildes kioscos de prensa donde nuestros hermanos mayores habían comprado las Hazañas Bélicas y las gestas del Guerrero del Antifaz, y en los que nosotros vimos por primera vez el cuerpo de una mujer desnuda. Qué generación más complicada la nuestra, la de aquellos niños que leíamos la hoja parroquial que nos daban en las iglesias y las historias sagradas del catecismo, y que de un año a otro, de la noche a la mañana, aparcamos las oraciones del Niño Jesús y la Virgen para descubrir el pecado verdadero en las revistas prohibidas, donde la manzana bíblica se nos presentaba con cuerpo de mujer. Las revistas pornográficas llegaron mucho antes que el cine de destape. No se vendían en los kioscos, pero existía un mercado negro de intercambio que todo el mundo conocía. Las revistas venían de Francia y Alemania y las traían los taxistas, los camioneros y sobre todo, los hijos de los emigrantes que estaban en el extranjero. Cuando en verano aparecían por Almería pasa pasar el mes de vacaciones, además de venir con las mejores cámaras de fotos del momento, nos traían las revistas más fuertes que uno podía imaginar, paradigma de las libertades que se podían disfrutar al otro lado de la frontera. En esos años tuvieron muy buena acogida en Almería los bolígrafos de mujeres desnudas y las barajas porno que venían de Melilla. Los bolígrafos tenían la gracia de una muchacha vestida a la que se le iba derritiendo la ropa si el boli se colocaba boca abajo. Las barajas porno las llevaban los moros que iban vendiendo por las calles. Debajo del cargamento de mantas, transistores y relojes llevaban aquellas cartas prohibidas que tanto gustaban a la juventud de entonces.


Cine
Las películas de destape empezaron a llegar a Almería en 1976.  Preparándose para el gran acontecimiento, algunos cines importantes de la ciudad solicitaron su transformación en sala especial’ para que cuando llegara el momento estuvieran ya autorizados para la exhibición de este tipo de películas. El 5 de agosto de 1976 la empresa del cine Reyes Católicos anunciaba al público que hoy nos transformamos en sala especial. Por fin ya podrá ver en Almería los títulos más extraordinarios de esta modalidad’. Ese mismo día estrenó ‘Belle de Jour’, de Luis Buñuel, donde se podía ver sutilmente el cuerpo desnudo de Catherine Deneuve. Mucha más excitación nos produjo la posibilidad de intuir el cuerpo desnudo de María José Cantudo, cuando el 14 de agosto de 1976 se estrenó ‘La Trastienda’, en el cine Moderno. Venía avalada por mostrar el primer desnudo integral de una actriz española, nada más y nada menos, que de María José Cantudo, una mujer que en Almería tenía doble atracción por haber pasado varios años en nuestra capital, donde su padre estuvo destinado como trabajador de Renfe.
 
María José Cantudo Desde 1963 a 1965 la Cantudo vivió en la calle Gutiérrez de Cárdenas y era muy célebre por su belleza. El atractivo de asistir al primer desnudo en un cine y el morbo de que se tratara del cuerpo de María José Cantudo, provocó un éxito rotundo para la empresa de Juan Asensio. “No es la película de la apertura, es la película de la libertad”, decía el anuncio. Muchos adolescentes que no tenían aún los 18 años reglamentarios, se dejaban crecer el vello del bigote para parecer mayores y hubo hasta quien falsificó la edad en el carnet de identidad para poder burlar al portero. Volvimos a ver a la Cantudo en enero de 1977, cuando llegó al cine Gelu la película ‘Marcada por los hombres’.
Nos excitaba aquella Almería de emigrantes que encabezaba las listas del paro y aquella ciudad despersonalizada que crecía de forma destartalada hacia levante sin respetar su historia y donde elementos identificadores como habían sido su vega y su casco histórico, habían iniciado su cuenta atrás. La vega sucumbía ante el empuje de los invernaderos y el casco histórico languidecía entre el abandono y la soberbia de los nuevos edificios levantados por la especulación. En aquel universo cambiante, donde no había dos días iguales, los niños seguían haciendo la vida en la calle y los adolescentes rebeldes se peleaban con el mundo tejiendo sus revoluciones personales en las salas de los juegos recreativos entre partidas de futbolín y cigarrillos sueltos.


Vivíamos en un estado de excitación permanente, como si todos los días, al levantarnos de la cama, tuviéramos un motín pendiente. Sentíamos como nuestra aquella letra de una canción de Bob Dylan que decía: “Venid padres y madres alrededor de la tierra  y no critiquéis lo que no podéis entender/ vuestros hijos e hijas están fuera de vuestro control, vuestro viejo camino está carcomido/ por favor, dejad paso al nuevo si no podéis echar una mano, porque los tiempos están cambiado”.


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