La Voz de Almeria

Cultura

La restauradora que lleva más de 30 años cuidando la historia desde Almería y ahora recupera a Siret

Cruz Ramos descubrió casi por casualidad un oficio al que acabaría dedicando su vida, entre grandes archivos y pequeños documentos familiares cargados de memoria

Cruz Ramos en su laboratorio

Cruz Ramos en su laboratorioCedida a LA VOZ

Sara Ruiz
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Hay algo en su forma de hablar que invita a escuchar un poco más. Una voz suave, pausada, de esas que no necesitan imponerse para quedarse. Sonríe mucho, escucha todavía más y cuenta una trayectoria de más de treinta años casi restándole importancia, como si todo lo que ha hecho cupiera en unas pocas anécdotas. El protagonismo parece incomodarle un poco; la conversación, en cambio, le sale fácil. Y en esa manera tranquila de contar su vida empieza también a asomar la persona que hay detrás del oficio.

Esa voz pertenece a Cruz Ramos Martínez. Tiene 53 años, es almeriense y lleva más de tres décadas dedicándose a una profesión que, en el fondo, consiste en enfrentarse al paso del tiempo. Es conservadora y restauradora de bienes culturales y desde 2004 lo hace desde Minium Restaura, su propio laboratorio en Almería. Allí llegan libros que acumulan siglos, fotografías que empiezan a borrarse, papeles que una familia ha guardado durante generaciones y, estos días, también una obra de Luis Siret sobre la que trabaja desde hace meses. Cruz los recibe cuando el tiempo ya ha empezado a dejar huella y trabaja para que esa huella no termine por hacerlos desaparecer.

Lo curioso es que esa batalla contra el tiempo empezó para ella mucho antes de tener un documento entre las manos. Cruz era todavía una niña cuando descubrió que existía una profesión dedicada precisamente a cuidar aquello que otros habían creado. La idea la atrapó tanto que, desde entonces, apenas contempló otro camino. Años después llegarían Madrid, los grandes archivos y un laboratorio propio, pero todo comenzó con una conversación en casa.

Cruz Ramos en su laboratorio

Cruz Ramos en su laboratorioCedida a LA VOZ

Una vocación inesperada

La restauración apareció en su vida casi por casualidad, a través de su padre. Maestro de profesión y arqueólogo, había asistido a una conferencia en la que escuchó hablar de ella como una profesión con futuro y, al regresar a casa, se lo contó a su hija. Sabía que a Cruz siempre le habían gustado el arte, la pintura y todo aquello que implicara trabajar con las manos, pero probablemente ninguno de los dos imaginaba hasta dónde llegaría aquella conversación. Ella ni siquiera sabía que existía una carrera dedicada a conservar y recuperar obras. "¿Esto existe?", recuerda que pensó. La posibilidad de convertirse en una especie de "doctora de las obras de arte" le fascinó y, desde entonces, empezó a buscar la manera de llegar hasta allí.

No lo tuvo precisamente fácil. En aquellos años la formación especializada estaba en Madrid y acceder a ella suponía superar un proceso de selección en el que solo conseguían plaza cincuenta personas cada curso. Cruz comenzó a prepararse mientras estudiaba Geografía e Historia en Almería y acudía también a la Escuela de Arte para trabajar el dibujo, las habilidades manuales y la sensibilidad al color. A aquello se sumaban biología, física y química. En 1995 llegó finalmente a Madrid para enfrentarse a una semana entera de pruebas. Había pasado años preparándose para aquel momento y consiguió una de las cincuenta plazas.

Cruz Ramos en su laboratorio

Cruz Ramos en su laboratorioCedida a LA VOZ

Fue una vez dentro de la Escuela Superior de Conservación y Restauración de Bienes Culturales cuando descubrió que todavía le quedaba por encontrar su verdadero lugar dentro de la restauración. Podía especializarse en arqueología, pintura o escultura, pero hubo una cuarta rama de cuya existencia ni siquiera había oído hablar: documento gráfico. El papel, el pergamino y la enorme variedad de piezas que podían esconderse bajo aquella especialidad despertaron enseguida su curiosidad. Le parecieron materiales delicados, llenos de retos y, precisamente por eso, difíciles de abandonar una vez que se acercó a ellos. 

Mientras aprendía a conservarlos en las aulas, comenzó también a hacerlo fuera: uno de sus profesores vio cómo trabajaba y le abrió las puertas de su taller. Por las mañanas estudiaba; por las tardes, empezaba a enfrentarse a originales. Sin haber terminado todavía la carrera, Cruz ya tenía entre las manos aquello a lo que llevaba años queriendo dedicar su vida.

Cuidar sin borrar las huellas 

De aquellos primeros años posee todavía alguna fotografía y el recuerdo de una de las primeras piezas sobre las que trabajó, una litografía o grabado de una virgen que llegó hasta ella con restos de adhesivo, pérdidas y un papel tan debilitado por la acidez que podía terminar partiéndose "como una galleta". Había que retirar aquello que la estaba dañando, devolver consistencia al soporte y completar algunas de sus faltas, pero sin cruzar una frontera que Cruz aprendió muy pronto a respetar. 

Restaurar no era estrenar de nuevo. En el taller escuchaba a clientes pedir que una pieza quedara "como nueva" y fue allí donde entendió que hacerla parecer recién creada podía significar, precisamente, arrebatarle parte de lo que era. "Si yo te sustituyo una cosa que está estropeada por otra que está nueva, ya no es el original", explica. Lo compara con una operación: no tendría sentido cambiar a una persona por otra cuando enferma; hay que curarla procurando que siga siendo ella.

Esa manera de mirar la restauración viajó después con Cruz por algunos de los grandes lugares en los que se conserva la memoria del país. Pasó por el Archivo de la Real Chancillería de Valladolid, el Archivo General de Simancas y el Archivo de la Nobleza de Toledo; trabajó también en la Alhambra y, ya más cerca de casa, en la Alcazaba y el Museo Arqueológico de Almería. Sin embargo, cuando recuerda aquella etapa, los nombres propios parecen importarle menos que la sensación de entrar en un archivo. 

Proteger la historia

"Para mí es un verdadero paraíso", dice. Allí aprendió a mirar encuadernaciones, pergaminos, miniaturas o ilustraciones pensando no solo en su belleza, sino en todo lo que tuvo que ocurrir para que llegaran hasta nosotros. Guerras, abandono, desconocimiento, siglos pasando sobre ellos y, en algún punto de esa cadena, personas que decidieron protegerlos. "Que todo eso haya llegado hasta nosotros es casi milagroso".

Después de años entre Madrid, Valladolid, Toledo o Granada, quiso volver. En 2004 abrió en Almería Minium Restaura y empezó a hacerse un hueco en una especialidad que todavía tenía que explicar casi desde cero a quien preguntaba qué hacía exactamente dentro de aquel laboratorio. Y quizá por eso resulta revelador que, al echar la vista atrás, no sean necesariamente las grandes piezas las que primero aparecen en su memoria. Cruz habla de fotografías antiguas, árboles genealógicos y documentos familiares que alguien lleva hasta allí porque pertenecieron a sus padres o a sus abuelos y no soporta la idea de perderlos. 

"Eso me llena muchísimo", reconoce. Le conmueve que alguien deposite en sus manos algo que viene "de lo íntimo, del corazón", porque en esos pequeños papeles también hay un patrimonio que merece sobrevivir. Al final, la historia que ella intenta conservar no siempre se escribe con grandes nombres: a veces cabe entera en una fotografía guardada durante años en un cajón.

Cruz Ramos en su laboratorio

Cruz Ramos en su laboratorioCedida a LA VOZ

Un eslabón de la cadena

Más de treinta años después de aquella conversación en casa, Cruz sigue hablando de su profesión con la curiosidad de quien siente que todavía le queda mucho por descubrir. Cuando se le pregunta qué pieza sueña con restaurar algún día, no aparece ningún gran nombre ni una obra imposible. Su respuesta va por otro lado: quiere seguir aprendiendo. Encontrar tratamientos menos invasivos, conocer nuevos materiales, descubrir maneras de intervenir mejor y hacer cada vez menos daño a aquello que intenta salvar. Dice que la restauración es todavía una disciplina "muy jovencita" y esa idea explica también por qué continúa formándose, compartiendo técnicas con otros profesionales como la restauradora Amparo Escolano y buscando respuestas incluso después de tres décadas de oficio.

Quizá por eso resulta especialmente bonito que una de las piezas que ocupa ahora sus días la haya llevado, de alguna manera, de vuelta al principio. Desde mayo trabaja en la restauración de un libro de Luis Siret y su hermano Enrique, 'Las primeras edades del metal en el sudeste de España', que llegará próximamente a una exposición en el Museo Arqueológico de la ciudad. En este caso, además, el trabajo no se desarrolla en Minium Restaura, sino en el propio laboratorio del museo. Hay piezas cuyo valor histórico impide que puedan salir de las instituciones que las custodian y que requieren un desplazamiento del restaurador para trabajar in situ. El trabajo ha sido minucioso: limpiar, frenar el deterioro, recuperar la estructura de la encuadernación y devolver estabilidad a cada una de sus partes. Pero esta vez había algo más.

Cuando le propusieron encargarse de él, Cruz pensó enseguida en su padre. Aquel maestro y arqueólogo que un día llegó a casa hablando a su hija de una profesión que ella ni siquiera sabía que existía admiraba profundamente a Siret. "Era como un ídolo para mi padre", recuerda. Décadas después, aquella niña que quiso ser "doctora de las obras de arte" sostiene entre sus manos una obra de uno de los arqueólogos que él tanto admiró.

Tal vez ahí se entienda mejor por qué Cruz nunca habla de restaurar como quien simplemente arregla algo estropeado. Para ella, cada documento forma parte de una historia que empezó mucho antes de nosotros y que debería continuar cuando ya no estemos. "Somos un eslabón de la cadena de la historia", dice. Si una pieza se pierde, si desaparece aquello que otros conservaron antes, esa cadena se rompe y con ella se marcha una parte de lo que fuimos como sociedad. Por eso, después de tantos archivos, tantos documentos y tantas horas inclinada sobre papeles que parecían condenados a desaparecer, quizá su oficio pueda resumirse con un verbo mucho más sencillo: cuidar. Cuidar lo que otros dejaron, recuperar lo que todavía puede salvarse y entregarlo, cuando llegue el momento, al siguiente eslabón.

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