Un padre y un hijo de Almería ruedan un largometraje en ‘stop motion’ de forma totalmente artesanal
Juan de Dios y Juanjo Ferre presentan ‘Nur y el León Rojo’, una épica aventura medieval con elementos fantásticos

Juan de Dios Ferre y su hijo Juanjo y tres fotogramas de su película ‘Nur y el León Rojo’.
Esta es la historia de una película animada en ‘stop motion’ (fotograma a fotograma) realizada en Padules, un pequeño pueblo de Almería de menos de 450 habitantes. Es también la historia de cómo un apasionado del cómic, el teatro, la música, la pintura y el cine ha invertido cinco años en levantar, con medios artesanales, un largometraje de dos horas de duración. Un filme con una factura técnica que muchos grandes estudios envidiarían. Pero, sobre todo, es la historia de un padre y de un hijo unidos en una de esas aventuras únicas que te regala la vida.
Juan de Dios Ferre es el director de ‘Nur y el León Rojo’, historia coescrita junto a su hijo Juanjo, responsable también de la edición y el montaje. Una producción, grabada con la cámara de un teléfono móvil, protagonizada por figuritas de juguete que se mueven entre decorados y maquetas pintadas a mano. Un ejercicio autodidacta en la que la imaginación de su creador le ha llevado a emplear todo tipo de ingenios caseros para realizar movimientos de cámara y otros trucajes.
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‘Nur y el León Rojo’, una joya de la animación artesanal rodada en ‘stop motion’
Evaristo Martínez
“He usado algodón, papel, corcho, madera, espuma de afeitar, arroz, posos de café y las matas del campo”, enumera Juan de Dios. Todo ello, en un espacio de unos 40 metros cuadrados de la casa familiar. “Es Padullywood”, bromea su hijo, en alusión a cómo su padre ha transformado parte de la vivienda en un plató.
‘Nur y el León Rojo’ es una épica aventura medieval con guerreros y dragones. Surge de un relato que Juan de Dios Ferre escribió veinte años atrás. “En un viaje a Navarra conocí la leyenda del monstruo Basajaun. Pensé hacer algo así para niños, ya que entonces dirigía teatro infantil”, recuerda. El león rojo del escudo de Padules —municipio del que fue secretario durante más de tres décadas— terminó de encender la chispa.
La jubilación primero, y la llegada de la pandemia después, llevó a Juan de Dios a dedicar su tiempo a trasladar a imágenes su relato. “A mi padre le gusta la pintura, ha dado clases en el pueblo desde que tengo uso de razón. Le encanta el teatro: ha estado más de veinte años con grupos aficionados. También la música [es el baterista en el grupo The River Band]. Al final, de forma natural, se dio cuenta de que el cine aglutina todos esos lenguajes”, resume su hijo.
A golpe de tutorial
Juan de Dios Ferre ha volcado en ‘Nur y el León Rojo’ su pasión por el séptimo arte y su devoción particular por el género de aventuras. “Siempre soñé con hacer cine y la pandemia alentó esa creatividad. Descubrí las figuritas de juguete de mi hijo en una caja y después la técnica del ‘stop motion’, que aprendí a través de tutoriales”, cuenta. Y lo que empezó como una “protohistoria para entretener a los niños de la familia” durante el confinamiento, según su hijo, acabó convirtiéndose en un largometraje.
La película sigue la estructura del viaje del héroe y esconde homenajes a títulos como ‘Centauros del desierto’ y ‘Lo que el viento se llevó’. Por supuesto, han tenido muy presentes las películas de Ray Harryhausen, el maestro del ‘stop motion’.
Así, de forma intuitiva, sin atenerse a ortodoxias, padre e hijo fueron desarrollando el guion a medida que animaban las diferentes secuencias. “Teníamos una idea general, pero cuando cerramos el guion ya habíamos rodado el cincuenta por ciento Luego fuimos ajustando para que todo tuviera estructura. Han sido muchos desayunos juntos, hablando, intercambiando ideas, con mucha prueba-error”, cuenta Juanjo.
“Cuando empecé, pensaba que acabaría en un año. Al final, ha sido un lustro”, confiesa Juan de Dios. De hecho, el metraje final dura dos horas: treinta minutos, un año de entrega, se han sacrificado en la mesa de montaje. Una pequeña y personalísima obra de arte, moldeada con la disciplina de un samurái. “Mi padre ha trabajado de sol a sol durante cinco años: se levantaba, pintaba los decorados, fabricaba trípodes con maderas y pinzas para la cámara...”, apunta Juanjo. “Pero he disfrutado lo que no está escrito: he vuelto a ser un niño”, apostilla él. Esa, sin duda, es la mejor película.