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Cuando las palabras bajaron de las estanterías

Siete escritores almerienses demuestran su talento conectando con el público

Foto de familia durante el encuentro Nos Leemos Vivos.

Foto de familia durante el encuentro Nos Leemos Vivos.La Voz

Melanie Lupiáñez
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‘Nos Leemos Vivos’ convirtió el Auditorio Maestro Padilla en un escenario donde literatura, música y flamenco se mezclaron para celebrar a los autores almerienses y, sobre todo, a las historias que necesitan ser contadas

Hay noches en las que los libros dejan de ser objetos. Salen de las estanterías, abandonan las páginas y se convierten en voz, música, memoria y emoción. Eso fue lo que ocurrió este jueves en el Auditorio Maestro Padilla, donde más de un centenar de personas se reunieron para vivir la primera gala Nos Leemos Vivos, una iniciativa impulsada por los escritores Adena López y Eduardo Hernández.

“La literatura no nació para estar en las estanterías”, dijeron los dos al abrir la gala. Y quizá esa frase contenga toda la filosofía de una velada que quiso romper con el formato tradicional de presentación literaria para convertir al público en parte de la historia.

La propuesta, bajo el lema Historias que se leen. Encuentros que se sienten, había sido presentada como un encuentro entre siete escritores almerienses y distintas disciplinas artísticas. La literatura compartiría escenario con el flamenco, la guitarra y la danza. Pero sobre las tablas hubo algo más que libros. Hubo personas.

Un corazón para empezar

La gala comenzó con un corazón sonando en la sala. Después llegaron Adena López y Eduardo Hernández para abrir una noche que había nacido de una conversación entre escritores que se habían conocido a través del podcast Almerienses sin filtros, de Kike Cañadas, quien además fue recordado como el primer patrocinador que creyó en la idea.

“Gracias por creer que las palabras todavía importan”, se escuchó desde el escenario. La frase no tardaría en adquirir sentido. Porque ‘Nos Leemos Vivos’ no pretendía únicamente mostrar qué escriben los autores almerienses, sino quiénes son cuando cierran sus libros.

La primera en demostrarlo fue Rocío Juárez, directora de cine y escritora. La guitarra de Guillermo Fernández y el baile de Mayte Beltrán acompañaron una intervención que convirtió la literatura en un juego con el público. Juárez propuso imaginar la mente de un asesino a partir de su libro Palabra de asesino. Mientras Mayte Beltrán bailaba, una asistente leyó un fragmento y la autora lanzó una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto estamos dispuestos a acompañar a alguien para intentar comprender cómo puede llegar a quitarle la vida a otra persona? Durante unos minutos, el público dejó de ser espectador. Se convirtió en testigo.

La mochila de Adena

Después llegó uno de los momentos más emocionantes de la noche. Adena López decidió contar su propia historia. Habló de una niña que desde pequeña cargaba una mochila demasiado pesada, hecha de miedos, inseguridades y experiencias de humillación. Una niña que encontró en los libros un refugio mientras aprendía, de la mano de su madre, que cada “no” podía terminar convirtiéndose en un “sí”. La metáfora de aquella mochila cambió con los años. Ya no llevaba miedo. Llevaba sueños.

Adena había llegado al escenario para hablar de sus libros, pero terminó hablando de una vida. De la amistad, de las personas que acompañan, de las heridas y de quienes permanecen al otro lado del camino.

Después recitó uno de sus poemas. La voz se sostuvo, la mano, no tanto, le temblaba mientras sujetaba el poemario. El público se puso en pie.

Adena había advertido al principio que llevaran pañuelos porque iban a llorar. Al final, confesó entre risas y emoción, la primera que había llorado había sido ella. No sería la última vez que la literatura se mezclara con la vida durante aquella noche.

Un cumpleaños entre versos

Eduardo Hernández recibió una sorpresa de su hijo, que subió al escenario para entregarle un regalo porque su cumpleaños estaba próximo. Después llegó la poesía.

Recitó Suspira Federico, suspira, de El manifiesto del mirlo, y habló de esa vieja idea de que la poesía es cursi, de los adjetivos pomposos y de la sensación de sentirse diferente cuando el mundo coloca etiquetas. Recordó a Bécquer y reconoció que había tardado cinco libros en encontrar su propia voz. “Mis versos han ido narrando todo lo que soy”, explicó. Escribir, dijo, también puede ser una forma de desnudarse ante el mundo. Y quizá por eso no supo explicar exactamente por qué escribe. Solo sabía que necesitaba dejar algunas cosas convertidas en palabras para que alguien pudiera leerlas algún día. O para poder volver a encontrarlas él mismo.

“Cuando nosotros escribimos y otra persona lo lee, algo de nosotros vuelve a vivir”.

Una guitarra, Serrat y un puñado de preguntas

Cristóbal Pardo improvisó unos versos mientras sonaba Mediterráneo, de Serrat, y la guitarra de Guillermo Fernández acompañaba la escena. La gala iba construyendo así un lenguaje propio en el que las fronteras entre disciplinas desaparecían. Poesía con música, literatura con flamenco, historias personales con preguntas al público.

A mitad de la noche, Adena y Kike Cañadas recibieron un reconocimiento. La emoción volvió a ocupar el escenario. Después llegaron los sobres negros. Estaban escondidos entre las butacas y contenían preguntas para los asistentes. Vender un libro favorito en quince segundos. Recordar una frase que jamás hubieran olvidado. Y entonces subió al escenario Juanfra, jefe de Adena. Ella quiso saber qué le hacía sentirse vivo. La respuesta llevó la conversación hasta los recuerdos de infancia, los cómics y aquel Cid Campeador que, según explicó, le enseñó valores que todavía conserva. También habló de las historias de superación, de las emociones, de aquello que nos rodea y que, de alguna manera, nos recuerda que estamos vivos.

Literatura para mirar de otra manera

La noche siguió abriendo ventanas. Judith Sánchez, escritora de género fantástico y literatura infantil, llevó al escenario sus trabajos vinculados al mundo infantil y al autismo. Recordó Tea-Compaño y Tea-Doro, y explicó cómo había utilizado incluso el formato de las recetas de cocina para acercarse a determinados temas desde la ironía.

Después llegó Peter Juan, vinculado a la literatura paranormal. El escritor reivindicó el derecho a escribir sobre aquello que todavía puede resultar incómodo o tabú.

Contó cómo pasó del miedo de su infancia a convertir precisamente ese miedo en materia literaria. Sus historias, explicó, han ido llegando de boca en boca hasta reunir 52 relatos en dos libros.

Y entonces apareció Alejandro

La diversidad de la gala tuvo uno de sus momentos más especiales cuando Alejandro subió al escenario. Es neurodivergente y llevaba unos cascos. Hizo un esfuerzo que emocionó especialmente a Adena y a su madre. Leyó uno de los consejos incluidos en el libro de su madre. No necesitó más. A esas alturas, la gala había dejado de ser una sucesión de presentaciones. Era una suma de historias.

Una primera edición con vocación de continuidad

‘Nos Leemos Vivos’ nació con la intención de romper la distancia tradicional entre escritor y lector. Sus organizadores habían explicado antes de la gala que querían que los autores “bajaran del escenario” y que el público pudiera participar, debatir y sentir las obras de otra manera.

Más de un centenar de personas acompañaron esta primera edición, que contó con la participación de escritores y artistas almerienses y con la colaboración del Ayuntamiento de Almería y distintas entidades y empresas.

Cuando llegó el final, quedaron los libros, pero también quedaron las voces. Las preguntas, la guitarra. Los versos improvisados, el flamenco, las historias de superación, las lágrimas.

Y aquella idea que había abierto la noche y que terminó funcionando casi como una declaración de intenciones: “la literatura no está hecha para permanecer quieta en una estantería”. Está hecha para encontrarse con alguien, para incomodar, para emocionar, para hacer preguntas. Y, sobre todo, para que cuando otra persona abra sus páginas, “algo de quien la escribió vuelva a vivir”.

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