Cada vez hay más suplementos. ¿Por qué confiamos cada vez menos en ellos?
El nutricionista Sébastien Leroux explica por qué nació APONA y defiende una suplementación basada en la transparencia, las fórmulas sencillas y la información rigurosa

Sébastien Leroux, fundador de APONA, con algunos de los complementos alimenticios desarrollados por la marca.
El mercado de los complementos alimenticios no deja de crecer. Cada año aparecen más marcas, más fórmulas, más lanzamientos que prometen resolver el cansancio, la piel apagada, el sueño irregular o las articulaciones cansadas. Y sin embargo, algo no cuadra: cuanto más crece la oferta, más desconfía el consumidor.
No es una sensación aislada. Basta con teclear el nombre de casi cualquier suplemento en un buscador para toparse con foros enteros preguntando si merece la pena, comparativas contradictorias entre sí, y una legión de perfiles en redes sociales recomendando productos con un entusiasmo que rara vez se corresponde con una explicación clara de por qué. Las etiquetas se han llenado de superlativos. Los envases, de promesas. Y el comprador, en medio de todo eso, cada vez tiene menos herramientas para distinguir una fórmula bien pensada de un discurso bien vendido.
Tres preguntas resumen esa desconfianza: ¿quién fabrica realmente lo que compro? ¿por qué debería creer que esta fórmula funciona mejor que otra? y, sobre todo, ¿hay alguien detrás dispuesto a decirme la verdad, aunque la verdad sea que no lo necesito?
El diagnóstico de un nutricionista
Sébastien Leroux llegó a esas mismas preguntas desde un lugar poco habitual: no como consumidor frustrado, sino como alguien que llevaba años observando el sector desde dentro, primero como divulgador y después como profesional formado en nutrición.
Francés de origen, pasó casi una década escribiendo sobre salud y bienestar en internet. Durante esos años analizó estudios, comparó formulaciones y respondió a las dudas de lectores que, una y otra vez, planteaban las mismas preguntas: por qué dos suplementos aparentemente iguales podían tener precios tan distintos, qué ingredientes merecían realmente la pena o cómo distinguir una dosis útil de una cantidad incluida únicamente para completar la etiqueta.
Con el tiempo, empezó a sentir que la divulgación tenía un límite. Podía ayudar a entender mejor los productos que ya existían, pero no cambiar la forma en que estaban formulados ni la manera en que se presentaban al consumidor. Esa constatación terminó convirtiéndose en una pregunta personal: si tenía tan claro qué echaba en falta en el sector, ¿por qué no intentar crear él mismo la marca que echaba en falta?
Decidió entonces formarse como nutricionista y, en 2024, se trasladó a España. Conocía bien el mercado francés y quiso estudiar de cerca la oferta española. Lo que encontró reforzó una impresión que ya llevaba tiempo madurando: le costaba encontrar marcas cuya forma de formular, explicar y vender los suplementos encajara con la idea que él tenía de una suplementación responsable.
La pregunta que dio origen a una marca
La idea que terminaría convirtiéndose en Soleri, y más tarde en APONA, no nació de un plan de negocio al uso. Nació de una pregunta más simple: ¿y si una marca de suplementos pudiera funcionar exactamente al revés de como suele funcionar el sector?
Durante año y medio, mientras completaba su formación, Sébastien fue dando forma a esa idea en paralelo. El resultado, lanzado a mediados de 2025, fue un catálogo deliberadamente pequeño: magnesio, vitamina D, omega-3, un multivitamínico y colágeno. Nada de decenas de referencias ni de fórmulas exóticas. Los tres primeros, explicaba entonces, son los que con más frecuencia faltan en la dieta habitual; el multivitamínico depende más de cada caso, y el colágeno respondía a una demanda real del mercado, aunque él mismo se encargaba de moderar las expectativas: no hacía promesas de resultados inmediatos, ni de que un suplemento fuera a borrar de la noche a la mañana lo que años de hábitos habían ido dejando.
Meses después, la marca pasaría a llamarse APONA, ampliando ligeramente su catálogo con productos como un probiótico o una fórmula para el sueño, pero manteniendo la misma lógica de fondo: crecer solo cuando un producto tiene sentido real, no porque toque completar una gama.
Hacer casi todo a contracorriente
Cada una de las tres preguntas que se hacía un consumidor desconfiado tiene, en APONA, una respuesta concreta.
A la pregunta de por dónde empezar en un mercado que ya tiene demasiadas opciones, Sébastien responde reduciendo el catálogo en lugar de ampliarlo. Mientras el sector tiende a sumar referencias para ocupar más espacio en el lineal, aquí se sigue una lógica de "20/80": pocos productos, elegidos para cubrir la mayoría de necesidades reales, evitando la tentación de crecer solo para parecer más completos.
A la pregunta de quién fabrica realmente lo que se compra, responde nombrando a sus proveedores en lugar de ocultarlos. EPAX en el omega-3, Albion en el magnesio, Naticol en el colágeno. No como un adorno técnico, sino porque el nivel de control y consistencia detrás de esos nombres es, según defiende, lo que distingue una fórmula bien construida de otra pensada solo para llenar una etiqueta.
Y a la pregunta de si una fórmula funciona de verdad o solo suena bien, responde evitando el reflejo más habitual del sector: alargar la lista de ingredientes para justificar el precio. Aquí se ha optado por lo contrario, fórmulas cortas, con una función clara para cada componente y dosis pensadas para ser útiles, no para figurar en la etiqueta.
La confianza no se pide, se construye
Queda la tercera pregunta, la más difícil de responder con una fórmula: ¿hay alguien detrás dispuesto a decir la verdad, incluso cuando la verdad no vende?
Sébastien Leroux dice que sí, y lo demuestra de una forma poco habitual en el sector: respondiendo personalmente. Cada semana le llegan decenas de mensajes por WhatsApp, Instagram o YouTube, de personas que no saben si necesitan un suplemento, cuál elegir o si lo que ya toman tiene sentido. Los responde uno por uno. Es una forma de trabajar difícil de mantener cuando una empresa crece, y precisamente por eso asegura que no quiere convertir APONA en una empresa enorme: prefiere seguir teniendo esas conversaciones antes que perder esa cercanía.
Esa misma lógica se traduce en cómo está escrita cada ficha de producto de la web: no se limita a enumerar ingredientes y beneficios, sino que explica por qué existe ese producto, para quién tiene sentido y también cuándo no hace falta tomarlo. Es la idea detrás de una de sus frases más repetidas: prefiere decirle a alguien que primero cuide su sueño o su alimentación, antes que venderle una pastilla que no va a resolver el problema de fondo.
Conviene aclarar algo, porque es fácil malinterpretarlo: el problema nunca han sido los suplementos. El problema empieza cuando sustituyen la información, el contexto o los hábitos que deberían acompañarlos. Sébastien no vende la idea de que todo el mundo necesita tomar algo; vende la idea de que, si se toma, se haga sabiendo por qué.
Una pregunta más grande que una marca
Puede que la confianza en este sector no se recupere lanzando el próximo ingrediente de moda, sino haciendo algo bastante más sencillo: explicar mejor por qué existe cada producto, y decir con la misma claridad cuándo no hace falta comprarlo.
Esa fue la pregunta que se hizo un nutricionista al ver cuánto le costaba a la gente (incluido él mismo en su día) distinguir un buen producto de un buen discurso. Y la forma en que decidió responderla es, probablemente, lo que mejor explica por qué nació APONA.