Morante en Morante y la torería con Manzanares y Talavante
La expectación ante uno de los mejores carteles de la temporada se cumplió cn creces en una tarde competa

Morante durante su faena.o,469px);}
Con Morante en el ruedo todo importa. De ahí, el silencio antes de que desplegara el capote por segunda vez, después de que cambiaran al que abrió plaza.
Lo malo es que el sobrero no era morantista y no quiso. Parecía dispuesto a que el de la Puebla pintara el toreo como acostumbra. El comportamiento del animal hacía pensar que quizás estuviese reparado y el silencio seguía envolviendo la tarde, a la espera de lo que fuese.Y en eso, Morante pareció querer borrar malos recuerdos y tiró de métrica y de metáforas para hacer su toreo aunque no hubiese demasiado toro. Tan poco toro, que cuando todo parecía ir por su camino, el animal claudicó. Vuelta a empezar. Los aplausos para Morante, los pitos para el toro y la decepción para los morantistas. Pero con Morante en el ruedo todo importa y todo es posible,
Las verónicas y la media del segundo justificaron para algunos la tarde de toros, pese a que aún quedaba el brindis de la reconciliación y un caleidoscopio de estampas taurinas para adornar las paredes de la memoria de esta plaza, que se quedó prendida de ese muleteo descolgado, de ese sentimiento que se llama Morante.
Manzanares supo y pudo sacar partido de un toro que, aunque algo remiso, entraba a la muleta con destellos de clase. Una clase que el torero contestó con su habitual estilo depurado. Probó por naturales pero tuvo que recurrir a la torería para aguantar el parón del toro y regresó a la diestra, por donde la claridad le era más favorable. Quizás el nombre de Manzanares obligue a estar por encima del toro con las dos manos. Un volapié espectacular dejó las cosas en su sitio.
Después de la inspirada faena de Morante, Manzanares salió a no dejarse pisar el terreno. Tomó la distancia que pedía el toro y armó una faena con momentos brillantes, sobre todo con derecha. Con la otra lo intentó, cumpliendo sin mayor alcance. Lo mejor estaba por llegar: mató recibiendo, en un gesto de torería que le honra.
Talavante, como siempre, muy despacio. Muy quieto a pesar de las rachas siempre inesperadas. Y muy metido en su primera faena, cambiando de mano y de distancia hasta que dio con la tecla. Todo el mérito fue suyo, porque al toro le brotaba la mediocridad en cada trote, en cada cabeceo. Y en eso, surgió el susto sin consecuencia, pero elocuente.
Talavante se puso frente al animal y le administró unas manoletinas ajustadas como si no hubiese pasado nada. Para eso se es torero.
Para eso y para salir en el último de la Feria a reivindicar su nombre en un quite elegante y sobrio, antes de brindarle el toro a una leyenda: Rafael de Paula y de enfrascarse en un muleteo de fundamento y momentos de sorda emoción por las miradas del toro.