Juan Tortosa, escritor: "En los 60 los seminarios eran la universidad de los hijos de los pobres"
El periodista almeriense publica '33 botones. Historias del seminario', un libro en el que recupera las experiencias, recuerdos y aprendizajes de su paso por la institución religiosa

Juan Tortosa, conocido periodista de la provincia de Almería y autor de '33 botones. Historias de un seminario'.
Le llamaban "curica arrepentido", pero acabó siendo reportero. Juan Torres pasó de estudiar latín con sotana a recorrer la España de la Transición para medios como Informe Semanal o CNN+, contando algunos de los episodios que transformaron el país. En '33 botones' recupera la memoria de aquellos años en los que el seminario era para muchos la única universidad posible. Habla de fe, política, periodismo y poder con una mezcla de humor y escepticismo. "Nada es tan solemne como parece", viene a decir después de toda una vida haciéndose preguntas.
Acaba de publicar un libro, '33 botones. Historias del seminario'. Es un ensayo al que le ha dedicado mucho tiempo, ¿no?
Sí, porque nace de unos apuntes que conservaba de los años sesenta. Quería reconstruir aquella experiencia y entender mejor una década que fue decisiva para España, para el mundo y también para una provincia como Almería, que parecía estar perdida en una esquina del mapa, pero donde los cambios llegaban igualmente.
Su paso por el seminario ocupa un lugar central en el libro.
Porque me marcó a mí y marcó a toda una generación. Hoy cuesta entenderlo, pero en muchos pueblos no había instituto. Si una familia no tenía dinero ni parientes en la capital, la única posibilidad de seguir estudiando era entrar en el seminario.

Portada de '33 botones', el nuevo libro de Juan Tortosa.
¿Aunque no hubiera vocación religiosa?
Aunque no la hubiera. Muchos entrábamos por estudiar. Allí encontrabas libros, profesores, formación y un acceso a la cultura que de otra manera resultaba imposible. Cuando regresaba a mi pueblo por vacaciones, algunos amigos se reían de nosotros porque escuchábamos música clásica o sabíamos quién era Lope de Vega.
Entonces el seminario era como un ascensor social.
Sin duda. Formó a muchísima gente humilde que, de otra manera, no habría tenido acceso a estudios superiores. Luego muchos abandonamos antes de ser sacerdotes, pero nos llevamos una formación que tuvo consecuencias importantes años después.
¿También políticas?
Especialmente políticas. Cuando llegaron las primeras elecciones democráticas, los partidos de izquierdas tenían un problema: carecían de cuadros formados en muchos pueblos. La derecha los tenía porque procedían de las familias acomodadas de siempre. La cantera de la izquierda estaba en gran medida entre los antiguos seminaristas.
¿De allí salieron alcaldes y concejales?
Muchísimos. No solo en Almería. En buena parte de la España rural, las primeras corporaciones democráticas se nutrieron de personas que habían pasado por el seminario, habían aprendido a hablar en público, a leer, a organizar ideas y a participar en la vida colectiva.
Si se utilizaba como vía para acceder a la educación y no por vocación religiosa, mucha gente, como dice, acabaría abandonando.
La mayoría. Cuando yo entré éramos alrededor de setenta u ochenta chavales. Cinco años después quedábamos apenas cinco.
¿Por falta de vocación?
A veces sí. Pero también porque las cribas del seminario eran muy duras.
¿Hasta qué punto?
Recuerdo a un compañero al que expulsaron por ser cojo. Hoy resulta difícil de creer, pero no bastaba con ser disciplinado o tener vocación. Había una idea muy estricta de cómo debía ser un futuro sacerdote.
Ahora que lo dice... no he conocido nunca a un cura cojo.
¿Verdad que no?
¿Y qué tipo de hombre intentaban formar?
Alguien obediente, disciplinado y perfectamente integrado en los valores de la época; que no se saliese de los límites establecidos. Si uno lo observa con perspectiva, la formación se parecía más a la de una institución muy jerarquizada, como el Ejército, que a la imagen amable que hoy se tiene de los colegios religiosos.
¿El miedo formaba parte de la educación?
Sí. Había mucho miedo al castigo. Recuerdo los ejercicios espirituales como auténticos ejercicios de terror. Con las ventanas cerradas y una atmósfera casi lúgubre, a chavales de trece o catorce años nos hablaban durante horas de las penas eternas y de las llamas del infierno.

Letrero del Centro Papa Francisco a las puertas del edificio del Seminario de Almería.
Suena asfixiante.
Lo era. Pero hay que decir algo: aquello no era exclusivo del seminario. La sociedad española de entonces también era muy represiva. Existía miedo a decir según qué cosas, a pensar de determinada manera o a apartarse del camino marcado.
¿Qué aprendió allí que luego le sirviera como periodista?
No creo que el periodismo me lo enseñaran ellos. La curiosidad la llevaba de casa. Siempre he sido una persona muy curiosa.
¿Ya quería dedicarse a esto?
Desde niño.
¿Tan claro lo tenía?
Recuerdo que una vez nos preguntaron en el seminario qué querríamos ser de mayores si no fuésemos sacerdotes. Unos respondían médico, arquitecto o maestro. Yo dije: locutor.
¿Con cuántos años?
Con once.
No estuvo mal encaminado.
Parece que no.
¿Sintió alguna vez el estigma de venir del seminario?
Nunca. Como mucho algún comentario en tono de broma. A los míos nos llamaban "curicas arrepentidos". Era una expresión bastante habitual.

Portada y contraportada del libro '33 botones'.
Pero luego, en los 60, cambiaron las cosas. ¿Lo notaron?
Muchísimo. El Concilio Vaticano II fue una transformación. Cuando llegué al seminario la misa todavía era en latín y el cura celebraba de espaldas a los fieles. Pocos años después desapareció la obligación de llevar sotana y empezó a abrirse una corriente mucho más progresista dentro de la Iglesia.
¿Hasta el punto de enfrentarse al franquismo?
Claro. Muchísimos sacerdotes adoptaron posiciones claramente antifranquistas. En algunos lugares, especialmente en el País Vasco, Navarra o Cataluña, las parroquias y los seminarios fueron espacios donde se desarrolló una conciencia crítica frente a la dictadura.
¿Y no preocupaban al régimen?
Tanto que llegó a existir una cárcel para curas. Como el régimen no quería mezclar a determinados sacerdotes con los presos comunes, se habilitó una prisión específica en Zamora. Llegó a albergar a decenas de sacerdotes acusados de actividades contrarias a la dictadura. Es una de esas historias que hoy parecen increíbles, pero que ayudan a entender hasta qué punto una parte de la Iglesia estaba ya enfrentada al franquismo.
Es curioso, porque hoy asociamos Iglesia y conservadurismo.
Y, sin embargo, siempre me ha sorprendido esa identificación automática.
¿Por qué?
Porque si uno lee los Evangelios encuentra a una figura profundamente incómoda para los poderosos. Jesús de Nazaret defiende a los pobres, combate la injusticia y expulsa a los mercaderes especuladores del templo. Cuesta encajar eso en una visión estrictamente conservadora. La preocupación de la izquierda por la igualdad, la justicia social o el bien común tienen mucho más en común con el mensaje original del cristianismo de lo que a veces se reconoce.
¿Recuerda a algún sacerdote con especial cariño?
Sí. Muchos. Uno de ellos, Antonio Flores.
¿Qué le enseñó?
Sobre todo a pensar por uno mismo. Era una persona muy comprometida, alguien que animaba a analizar la realidad con criterio propio. Con los años comprendí que esa es probablemente una de las enseñanzas más valiosas que puede recibir cualquiera.
Después llegó el periodismo. ¿Cuándo sintió que estaba en el lugar correcto?
Durante mi etapa en Informe Semanal.
¿Por qué?
Porque en aquellos años era probablemente el programa periodístico más importante de España. Solo existían dos canales de televisión y algunos reportajes alcanzaban audiencias de entre dieciocho y veinte millones de espectadores. Hoy parecen cifras de otro planeta.
¿Qué tenía de especial aquel trabajo que alcanzaba esas audiencias?
Permitía viajar, observar el mundo y contar historias con profundidad. Los reportajes duraban veinte minutos. Había tiempo para investigar, para entender lo que ocurría y para explicarlo sin prisas. Era un privilegio.
¿Fue su mejor etapa profesional?
Una de ellas. También guardo un recuerdo extraordinario de los años en CNN+.
Dirigió la delegación andaluza.
Sí. Eso me permitió recorrer Andalucía siguiendo historias muy importantes: Gibraltar, la inmigración, las pateras, la corrupción urbanística de Marbella, los conflictos de la zona del Estrecho...
Eso sí que era ser reportero.
Exactamente. Estar donde ocurren las cosas, verlo con tus propios ojos y contarlo.
Le tocó ejercer durante la gran transformación de España.
Sí. La entrada en la Comunidad Económica Europea, el referéndum de la OTAN, los primeros gobiernos socialistas... Había la sensación de estar asistiendo a acontecimientos que iban a cambiar el país.
¿Pesaba esa responsabilidad?
Mucho. Sabías que no estabas haciendo un trabajo cualquiera. Tenías la sensación de estar explicándole a la gente algo importante.
¿Y compensaban los sacrificios?
Sí. Aunque prácticamente no tuvieras vida personal.
Eso no ha cambiado demasiado.
Por lo que veo, no.
Ha trabajado en prensa, radio y televisión. ¿Con qué medio se queda?
La televisión sigue siendo el medio más poderoso, pero también es el más colectivo.
¿En qué sentido?
Un reportaje no es solo obra del periodista. Depende del cámara, del realizador, del productor, del técnico de sonido y de muchas otras personas. Si el resultado es bueno, rara vez es mérito de una sola. En la palabra escrita tienes más libertad.
¿Más que en televisión?
Mucho más. Cuando firmas un artículo, la responsabilidad es tuya. Empiezas y acabas tú. Tu personalidad aparece con más claridad. Salvo en los titulares. Pero eso merecería una conversación aparte.
Sobre todo ahora, cuando mucha gente solo lee el titular.¿Puede un periodista ser amigo de un político?
Puede. La cuestión es si le conviene.
¿Y le conviene?
Creo que no, porque la amistad acaba condicionándote. No necesariamente de una manera consciente, pero influye. Mantener cierta distancia ayuda a conservar la independencia.
¿La independencia absoluta existe?
No. Quien diga lo contrario miente.
Entonces, ¿qué queda?
Intentar defenderla cada día.
¿Cuál es el principal enemigo del periodista?
Olvidar para quién trabaja.
¿Y para quién trabaja?
Para quienes lo leen, lo escuchan o lo ven. El problema empieza cuando uno se preocupa más por agradar al poder o a quien le paga que a quienes confían en él para informarse. El problema es que se paga un precio por mantener esa independencia y no todos se lo pueden permitir. Puede significar ascender menos, recibir menos encargos o quedar fuera de determinados círculos. Pero forma parte del oficio.
¿Qué coberturas recuerda con más intensidad?
La entrada de España en la entonces Comunidad Económica Europea y el referéndum sobre la OTAN. Tenías la sensación de estar presenciando hechos que después aparecerían en los libros de historia.
Después de todo lo vivido, ¿con qué se queda?
Con una cierta dosis de escepticismo.
No parece una conclusión muy alegre.
Lo es más de lo que parece, porque cuanto más conoces el poder, la política o las grandes causas, más valoras las pequeñas cosas. Acabas comprendiendo que lo importante son las personas que quieres, las personas que te quieren y la vida cotidiana.
¿Eso lo enseña la experiencia?
Creo que sí. No porque todo sea mentira, sino porque las verdades realmente importantes son pocas y suelen estar mucho más cerca de nosotros de lo que imaginamos.
¿Qué encontrará el lector en 33 botones?
Encontrará una época, una forma de vivir y muchas historias que hoy parecen difíciles de creer.
¿Y también humor?
Espero que sí.
Pero hablando de asuntos serios.
Precisamente por eso. Siempre he pensado que el humor ayuda a entender mejor las cosas, porque nada es tan solemne como parece. Ni la política, ni la religión, ni siquiera la propia vida.