La veinteañera que emprende restaurando viejos muebles: Laura López
"Cada mueble es un tesoro, el límite de la restauración está en la antigüedad"

Laura López.
La trastienda es el lugar donde Laura López Moreno (Benisanó, 1996) realiza la magia de transformar viejos muebles olvidados y polvorientos en los protagonistas de un nuevo espacio. Allí reina la paz y el orden; huele a barniz, a savia nueva. Al fondo del local se apilan sillones, mesas y butacas que esperan su turno. Ella considera cada pieza un tesoro, de ahí el nombre de su tienda, Etern Tresor.
Laura ha convertido una vocación artística en un proyecto vital que une sostenibilidad, memoria y diseño. Todavía no llega a la treintena, pero desde hace un año y medio, cuando abrió al público, sabe lo que es emprender y ser autónoma.
Laura, tu historia profesional no empieza directamente con la restauración de muebles. ¿Cómo llegas hasta aquí?
Todo empezó estudiando Comunicación Audiovisual y después Dirección Artística, especializada en decorados para cine y ficción. Durante años trabajé en rodajes, en series como La Alquería Blanca, que se emite desde hace muchos años en Valencia y, compaginaba con proyectos propios como video poemas y cosas así. Cuando llegó la pandemia se produjo un cambio importante: estaba arreglando la casa de mi abuela y empecé a pintar y adaptar sus muebles para vivir allí. Sin darme cuenta, ese gesto tan doméstico fue el origen de todo.
¿Cuándo te das cuenta de que esto podía ser algo más que un hobby?
Cuando restauré un mueble de mi abuela para mi madre. Ella vio todo el proceso, eligió los colores, y cuando lo colocamos en casa se emocionó muchísimo. Lloraba diciendo que era el mueble de su infancia, pero transformado. Ahí entendí que no solo estaba pintando muebles, estaba ayudando a conservar historias, recuerdos y vínculos emocionales. Eso me llenó mucho más que trabajar para la ficción .
Después te mudas a Almería. ¿Fue una decisión profesional o personal?
Un poco de ambas. Vine porque mi pareja de entonces fue trasladada por su trabajo, pero yo tenía claro que seguiría con mi proyecto. Vine con la idea de trabajar desde casa, como hacía en Valencia, pero empecé a tener cada vez más clientes y el espacio se me quedó pequeño. Nunca pensé que abriría un local tan pronto; fue algo muy orgánico.
Sin embargo, abrir un local implica mucha más complejidad de la que parece.
Muchísima. Yo soy muy soñadora y al principio piensas: “entro, pinto muebles y ya está”. Pero no. Hay normativas, papeleo, requisitos técnicos, ingeniería, productos químicos, ruido, ventilación… Fue lo más duro del proceso. Todo eso no tiene nada que ver con la parte creativa, pero es imprescindible para que el proyecto sea viable .
Además de los encargos, impartes clases. ¿Cómo surgen?
Empecé incluso antes de abrir el taller, dando clases de tapicería en Cáritas. Luego di talleres en IKEA y con la asociación A Toda Vela, donde hicimos reciclaje creativo con residuos recogidos en la playa. Cuando abrí el local, las clases se integraron de forma natural. Son grupos pequeños, mayoritariamente de mujeres, de edades muy diversas, que traen sus propios muebles y trabajan en ellos acompañadas por mí.
¿Qué crees que encuentran las personas en tus clases?
Un espacio seguro para crear, equivocarse y aprender. Aquí todo se hace con calma. Les doy acceso a todas las herramientas y materiales, y las guío en el proceso, pero el mueble es suyo y la decisión final también. Muchas llegan buscando aprender una técnica y se van con algo mucho más profundo: confianza y conexión con su historia personal.
Hablas mucho de respetar los muebles. ¿Dónde está el límite entre restaurar y transformar?
No todo vale. Hay piezas con valor histórico que yo no toco. En esos casos recomiendo un restaurador clásico. Mi trabajo es creativo, pero siempre con criterio. Respeto los procesos, los materiales y el tiempo que necesita cada pieza. Restaurar no es correr; es acompañar al objeto en su transformación .
Emprender suele idealizarse, pero tú hablas con bastante honestidad. ¿Cómo ha sido la realidad?
Muy intensa. Durante mucho tiempo llegaba justa a fin de mes. Los gastos son constantes y los ingresos dependen de procesos largos. Ahora, tras año y medio con el local abierto, puedo tener un sueldo y he contratado a una compañera. Eso significa crecer, pero también asumir más responsabilidad. Aun así, merece la pena.
¿Qué consejo darías a alguien joven que quiera emprender?
Que tenga muy claro su “para qué”. Que no emprenda solo por dinero. Tiene que ser algo que te salga de dentro, algo que seguirías haciendo incluso en los momentos difíciles. Emprender es duro y lento, y solo se sostiene si hay convicción y pasión reales .
Para terminar, ¿qué es hoy este taller para ti?
Es mi sueño actual. Un espacio donde se mezclan arte, oficio, sostenibilidad y personas reales. Aquí no solo se restauran muebles; se cuidan recuerdos. Y eso, para mí, no tiene precio.