La científica almeriense que dejó Canadá por su abuela: la otra cara de la fuga de cerebros
Neurociencia, paisajismo y cerámica como formas de cuidado y resistencia

María La Calle.
María La Calle, Almería, 1981, es una científica que ha pasado los últimos 10 años investigando sobre el Alzheimer en McGill University, Canadá. Su curriculum tienes un par de páginas, doctorado, postdoctorado y 25 artículos académicos publicados. Pero hace dos años regresó a Almería para cuidar a su abuela.
“Investigaba para mejorar la vida de cientos de personas que sufren Alzheimer y sin embargo estaba descuidando a mi abuela, que me cuidó como una madre, y padece la enfermedad”, dice La Calle. Pero volver no es fácil, ni para ella que trabajó en el Instituto de Neurología de Montreal, ni para los 40.000 investigadores españoles que trabajan en el extranjero, según el último estudio de la Red de Asociaciones de Investigadores y Científicos Españoles en el Exterior.
La fuga de cerebros es una pérdida de talento que preocupa en España. Un centenar de investigadores retornaron el pasado año gracias a una ayuda a través de las acciones Marie Skłodowska-Curie Actions. Pero la mayoría se queja de la falta de financiación, estabilidad y la complicada burocracia de este país.
¿Por qué elegiste Canadá?
Durante mi tesis doctoral descubrí que el componente vascular en el Alzheimer estaba infravalorado. Los estudios más punteros en ese campo eran canadienses. Así que pensé: “Ahí es donde está mi familia científica”. Además, había pasado seis meses en Montreal y la ciudad me fascinó: naturaleza, libertad, una vida muy distinta.
Tus años en Montreal fueron intensos profesionalmente.
Mucho. Trabajaba a veces 16 horas diarias, incluídos fines de semana. Hasta que empecé a tener problemas visuales por estrés y el neurólogo me dijo que parara. Cambié de laboratorio, trabajé en Parkinson, luego en empresa privada. Pero al alejarme de mi línea en Alzheimer, empecé a replantearme si quería seguir en la academia. Tenía que elegir entre mi familia o mi carrera, retirar mi candidatura de la plaza de profesor en la Universidad de Brock ha sido de las decisiones más difíciles de mi vida.
¿Y el paisajismo?
Desde que estudié Biología. Me encantaban la fisiología vegetal, la botánica, la flora ibérica. No me atreví entonces a dedicarme al paisajismo, pero ahora, tras cerrar una etapa, sentí que era el momento. Además, tenía la idea del neuropaisajismo: unir neurociencia y paisaje para mejorar bienestar, cohesión social y salud mental. Hablé incluso con un psiquiatra de La Bola Azul sobre proyectos hortícolas terapéuticos. El especialista estaba muy interesado, utiliza los huertos urbanos de la UAL en sus terapias.
¿Cómo influye en nuestra salud mental el contacto con plantas?
Reduce el estrés y aumenta nuestra felicidad. Además, funcionan como una subcategoría de jardines terapéuticos. Son lo que llaman los científicos una “medicina ecológica”. La práctica de la jardinería ayuda a controlar ciertos factores de riesgo cardiovascular como la hipertensión y la hiperglicemia, tan presentes en la población de edad avanzada. Es tan eficiente que existen técnicas de horticultura terapéutica específicas para fisioterapia, psicoterapia o terapia ocupacional. Estas técnicas se aplican tanto en terapias grupales como individuales.
Por eso, un diseño inclusivo y accesible para estos espacios es clave a la hora de maximizar su potencial terapéutico.
Te aventuraste a publicar una revista que conjuga ciencia y arte, Sciglam
Durante la pandemia la imagen de unos organoides me recordaron a La Danza de Matisse. Me recordó que los científicos estábamos tan encerrados en la rutina que olvidábamos divulgarnos al mundo. Pensé que no bastaba con publicar artículos académicos: había que comunicar la ciencia a quienes sienten que está lejos, inaccesible. De esa reflexión nació el artículo Matisse y los organoides: el arte de la ciencia y, más adelante, la revista Sciglam.
¿Y la cerámica?
Es mi refugio. Cuidar a mi abuela era absorbente, y necesitaba un espacio solo para mí. Empecé clases de cerámica cerca de casa; era el único momento en el día donde desconectaba. Y me apasionó tanto que seguí formándome hasta llegar a tener mi propio horno.
¿Entonces surgieron los huevos?
Sí, mi abuela tenía problemas para tomar medicación: algunas pastillas eran muy amargas. A veces triturábamos la pastilla, pero arruinaba la comida. Entonces hice un pequeño cuenco con forma de huevo para ponérselas: le hizo gracia, se las tomaba, incluso intentaba comerse la yema. Desde entonces funcionó siempre. Pensé en producirlos para otras familias por ahora están disponibles en mi Instagram @ceramicabotanica.es y en la papelería Grafos.
¿Te gustaría continuar tu carrera como investigadora?
En Almería es un poco más difícil dedicarme a la investigación del Alzheimer. Mi plan B sería volver a trabajar para una empresa canadiense en remoto.