Llegó en patera y ahora vive en un zulo en Roquetas: "Solo quiero vivir sin miedo"
Hoy busca un lugar donde vivir en Almería, mientras espera que la regularización extraordinaria de migrantes tenga efecto

Un inmigrante busca sus enseres entre los restos de las chabolas derruidas en el asentamiento de "Tierras de Almería", en junio de 2015.
Durmió dos noches en la calle, frente al Ayuntamiento de Roquetas de Mar. Bajo sábanas colocadas de manera improvisada a modo de toldos para protegerse del calor, rodeado de decenas de personas que llevaban horas -algunos días- esperando su oportunidad, Musa [nombre ficticio para proteger su identidad] entendió que el proceso para empezar de cero en España iba a ser mucho más difícil de lo que esperaba. Apenas se movía de la cola por miedo a perder el sitio. Tampoco para comer.
"No me importaba dormir en la calle si eso significaba poder hacer las cosas legalmente aquí. Haría lo que fuera necesario", cuenta a este periódico días después. Recuerda que la saturación terminó trasladando a muchos de ellos a una ONG situada unas calles más allá, donde también podían tramitar el certificado de vulnerabilidad necesario para avanzar en su situación administrativa.

La cola de inmigrantes que durmieron en la calle de cara a la regularización de inmigrantes en Roquetas de Mar.
Pero allí se encontró una escena similar: decenas de personas agolpadas en la puerta, listas interminables y una sensación compartida que se palpaba en el ambiente: ansiedad, desesperación e impaciencia.
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La Voz
Fue entonces cuando un joven se le acercó. También era africano. Le aseguró que, por 50 euros, podía conseguirle una cita para otro día, uno en el que sí pudiera entrar y ser atendido. Musa aceptó. El hombre entró en la que sería la sede de la ONG y, minutos después, el hombre regresó con una nueva petición: 30 euros más. Ochenta euros después, tenía un pequeño papel con una fecha y una hora impresas en él. Y como él, más gente. "Yo nunca llegué a ir, porque conseguí el certificado por otro lado, pero me consta de gente que sí llegó a utilizar esa cita", asegura.

Oficina Consular de Marruecos en Almería, a falta de un día para la aprobación de la regularización de extranjería.
Sobre el joven que le vendió la cita, Musa afirma que solo era el intermediario: "También es una persona vulnerable, al final tiene que comer y hará lo que sea para llevar pan a la mesa".
Sus críticas apuntan más arriba: a quienes, presuntamente, se aprovechan del colapso, las colas y la desesperación de muchos inmigrantes para cobrar dinero de manera irregular a cambio de facilitar el acceso a citas o turnos en oficinas que expiden certificados de vulnerabilidad.
En patera hasta Roquetas
Hace tres años que llegó a España. Lo hizo como tantos otros antes que él: cruzando el mar impulsado por la poca esperanza que aún albergaba en su pecho. Mientras la patera avanzaba por el Mediterráneo, pensaba en quienes dejaba atrás en su hogar: Gambia.
Se asentó en Roquetas de Mar, donde se sirvió de sus conocimientos de mecánica para empezar a trabajar -de forma irregular- arreglando tractores y vehículos a través de un intermediario: un roquetero que le ofreció quedarse en un habitáculo que tenía en desuso junto al lugar en el que se ganaba el sustento. "Vivo en condiciones precarias porque no tengo papeles. Lo que más deseo ahora mismo es regularizarme y poder contribuir al país donde vivo: España".
En búsqueda de una vivienda
LA VOZ ha podido constatar las condiciones en las que vive -o, más bien, sobrevive- Musa: un zulo sin ventanas ni ventilación, sin luz eléctrica ni natural. Una sola habitación con un camastro, un armario y poco más. Sin baño ni cocina. "Pago 40 euros al mes a una familia que me deja ir a su casa a ducharme y llevarme, en dos garrafas, 10 litros de agua para limpiar y cocinar. Eso es todo de lo que dispongo", lamenta con resignación.
"Pago 40 euros al mes a una familia que me deja ir a su casa a ducharme y llevarme, en dos garrafas, 10 litros de agua"
Lo que un día parecía un acto generoso de aquel hombre que le cedió el espacio, hoy es una relación abusiva. Cuenta que cuando él decidió trabajar por su cuenta, el propietario comenzó a "espantarle" los clientes y a exigirle un pago por un lugar que "ni siquiera es una casa normal": "Quería hasta que le pagase la electricidad, cuando en 'la casa' no hay luz".
Hoy, Musa solo tiene un deseo: lograr los papeles para poder trabajar y encontrar una vivienda digna. "Quiero trabajar, pagar impuestos como el resto, integrarme y, sobre todo, vivir sin pensar en la policía todo el rato. Vivir, en definitiva, sin miedo". Su historia es la de tantos inmigrantes que viven durante años atrapados en un limbo administrativo que condiciona cada aspecto de su vida: dónde duerme, cuánto cobra, qué puede exigir o incluso cuándo podrá volver a abrazar a sus padres.

Dos jóvenes atienden a las explicaciones de su abogado Antonio M. Sánchez Lárazo.
La falta de documentación y estabilidad lo ha obligado a aceptar situaciones precarias que, asegura, jamás habría tolerado en otras circunstancias. Y aun así, cuando Musa habla, no lo hace desde el resentimiento. A lo largo de la conversación repite varias veces que los inmigrantes deben "trabajar duro" y aportar al país en el que viven, "porque ahora pertenecemos aquí".
Entre esa voluntad de construir una vida y el miedo constante a perderlo todo, queda la sensación de alguien suspendido entre dos mundos: demasiado lejos de casa para regresar, pero todavía sin un lugar seguro al que llamar hogar.