El célebre pub Cafetín cambiará de manos
Luis Estévez lo abrió en 1989 en la calle Guzmán y ahora se traspasa por 150.000 euros

Un día de ambiente en el pub Cafetín.
Hay lugares que abren sus puertas y otros que parecen abrir una ciudad entera; hay locales en el centro de Almería -que más allá de modas que llegaron y llegarán y se fueron y se irán- resisten como anclas hincadas en el fondo marino de Bayyana. Es el caso de Cafetín, un pub musical cuyo carnet de identidad pertenece a varias generaciones, a varios tiempos; un bar de copas y bailoteo en el que cada tarde y cada noche es una tarde y una noche nueva, porque la hojarasca, a la que siempre recurría García Márquez como metáfora del paso de los años, también va y viene en ese santuario de la calle Guzmán.
Ahora parece que Cafetín, el de Javier Osorio a los mandos del pentagrama, en su trono de marfil que todo lo sobrevuela, puede iniciar un nuevo capítulo de su libro. Será uno más dentro de la pequeña historia de esta basílica urbana de la música pub ochentera y noventera, desde que tremolara por primera vez su bandera de música y convivencia hace casi 40 años; cuatro generaciones acudiendo a ese oratorio de gintonics y chupitos, de maquillaje de Alaska y posters de grupos de rock, de terraza perfumada por las brasas del Postigo de Boni y por las cenizas del extinto Cartabón.
Cuando Cafetín abrió sus puertas en 1989, bajo la dirección de Luis Estévez, ocurría con frecuencia lo siguiente, aunque ahora, a la vuelta de los años, nos parezca algo inverosímil: los clientes masculinos o femeninos de confianza llamaban a veces al número fijo del local- no había móviles aún- para preguntar al relaciones públicas Jorge Brito si estaba fulano o mengana y si estaba solo o sola o con el novio o con la novia.
Cafetín siempre ha echado las redes en los caladeros de las generaciones maduras, aunque al principio, cuando abrió Estevéz, los maduros eran los treintañeros y ahora lo sean los setentones. En eso también ha cambiado Cafetín, con su terraza pacífica, sin briega de motores de coches cerca, con el silencio de las monjas del Corazón de Jesús como linde. Quizá esa paz le ha hecho resistir como un Crusoe en tierra firme, mientras otros vecinos de la noche como Guarapo, Maravillas, Anagrama o Capitán Nemo (Torero) fueron naufragando a lo largo de los años. Cafetín es, ha sido y será siempre como un cruce de caminos donde pasan muchas cosas, donde se deciden muchas cosas: se puede decidir hasta la vida de uno o de una en una sola noche. Por Cafetín han pasado nobles y plebeyos, han abrevado ricos y pobres, han bailado capitalinos y pueblerinos, han tocado canciones grupos legendarios y de mediopelo, se ha bebido Möet y también ginebra sospechosa. Por Cafetín ha pasado la vida, sigue pasando la vida, con Mario en la puerta y Javier a los mandos, ya sin ese viejo futbolín que presidió durante años la estancia y donde jugaba el malogrado Moisés Ruiz; ya sin que vengan celebridades como aquellas Malena Gracia o Marlene Mourreau televisivas; ya sin ese equipo de fútbol sala que patrocinaba en los 90 junto a la marca Red Bull; ya sin esos partidos Real Madrid-Barça, cuando los madridistas iban a Maravillas y los culés a Cafetín; ya sin ese campeón del mundo de coctelería, Enrique Bastante, que solía pasar por allí con pajarita a ungir licores en el crisol etílico, ya sin ese famoso chupito llamado 'Ascenso', cuando el Almería de entonces subió a Segunda División (no había aún petrodólares en el accionariado rojiblanco).
Cafetín va a seguir ahí, en ese ágora de nocturnidad del corazón de Almería, aunque puede cambiar en breve de manos. Javier, que lo pilota desde 2016, lo ha puesto en traspaso y hay ya interesados: 150.000 euros es el precio de este negocio con historia -que durante un tiempo se llamó El Bicho y volvió a su denominación tradicional- más una renta de 2.000 euros mensuales para un icono de Almería. Uno de sus puntos fuertes es su licencia, de las más completas y valoradas del centro de la ciudad.
Javier lo deja -lo quiere dejar- después de diez años al frente. Pero Cafetín seguirá siendo como una cadena de ocio nocturno urcitano, aunque cambien los eslabones.
En una ciudad acostumbrada a mirar al mar, también existen puertos en tierra firme. Este pub musical de la almendra central de Almería es uno de ellos: un espacio donde las canciones sirven de brújula y donde la noche encuentra siempre una excusa para quedarse un poco más.