El bisnieto de Eustaquio Gandolfo, histórico farero del Sabinal, rescata la vida oculta de los faros de Almería
El joven arquitecto de Berja, formado en la Universidad de Granada, explora en su Trabajo de Fin de Grado la relación entre el paisaje y la vida junto al mar

Eustaquio Gandolfo Fernández, antiguo farero del Sabinal, junto a su bisnieto Miguel Zea Mayol, arquitecto que ha investigado la historia de los faros de Almería.
Antes de convertirse en postales, en destinos de excursiones o en siluetas que reconocemos desde la carretera, los faros fueron el hogar de muchas familias. Hubo niños que crecieron con el mar como patio de juegos, que aprendieron a reconocer el viento antes que las calles de una ciudad y que vieron pasar su infancia a la sombra de una torre luminosa. Para ellos, aquel lugar apartado del mundo no tenía nada de extraordinario: era simplemente su casa. Una casa donde las noches se medían por los destellos de una luz y donde la vida transcurría entre temporales, juegos, comidas familiares y pequeñas historias que, con el paso de los años, quedaron guardadas en la memoria de quienes las vivieron.
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Esa vida que se escondía detrás de las luces de los faros es precisamente la que ha querido recuperar Miguel Zea Mayol, un arquitecto de 26 años natural de Berja que estudió en la Universidad de Granada. Bajo el título 'Una luz hacia la mar. Entorno y vida de los faros de Almería', dedicó su Trabajo Fin de Grado a investigar la historia y la arquitectura de los doce faros de la provincia, deteniéndose especialmente en tres de ellos: el Faro del Sabinal, el de Cabo de Gata y el de Mesa Roldán.
Una historia familiar
Mucho antes de convertirse en el protagonista de una investigación universitaria, el Faro del Sabinal ya formaba parte de la historia de Miguel. Su bisabuelo, Eustaquio Gandolfo, dedicó buena parte de su vida a trabajar como farero en este rincón del litoral almeriense, situado en el entorno natural de Punta Entinas-Sabinar. No fue el único de la familia que ejerció aquella profesión. Varios de sus hermanos también fueron fareros, en una época en la que mantener encendida la luz de estas construcciones era un oficio que exigía vivir prácticamente apartado del resto del mundo.
Pero lo que más despertó la curiosidad del joven arquitecto no fueron los mecanismos que hacían funcionar el faro, sino las historias que había escuchado desde pequeño. Su padre y sus tíos habían pasado buena parte de su infancia en el Sabinal, entre caminos de arena, playas y rincones que todavía hoy recuerdan con precisión. Para ellos, aquel paisaje que tantos almerienses conocen por su belleza no era un destino al que acudir de excursión, sino el lugar donde habían crecido. Esa diferencia entre contemplar un faro desde fuera y conocerlo como un hogar fue la que llevó a Miguel a preguntarse por todas aquellas vidas que habían transcurrido a la sombra de sus torres.
Su investigación le permitió descubrir, además, cómo se organizaba aquella convivencia. En el Sabinal, las viviendas de los fareros estaban comunicadas por un corredor que rodeaba la torre, de manera que el edificio reunía en un mismo espacio el trabajo y la vida familiar. Allí convivieron Eustaquio y su hermano Antonio Gandolfo con sus respectivas familias. El faro era, al mismo tiempo, su lugar de trabajo y su casa, una realidad cotidiana que difícilmente puede imaginar quien hoy se acerca a fotografiar su silueta frente al Mediterráneo.

Eustaquio Gandolfo Fernández, histórico farero del Sabinal y bisabuelo del arquitecto Miguel Zea Mayol
Entre la arquitectura y la vida
Los recuerdos de su familia fueron el punto de partida, pero Miguel pronto comprendió que detrás de aquellas historias había mucho más por descubrir. Su investigación tomó así dos caminos que terminaron encontrándose: el estudio de los faros como patrimonio y como construcciones adaptadas al paisaje y la recuperación de la vida de las personas que los habitaron. Porque para entender estos edificios no basta con conocer cuándo se levantaron o hasta dónde alcanzaba su luz. También hay que observar el entorno que los rodea y preguntarse cómo era vivir en lugares donde el mar, el viento y la naturaleza formaban parte de la rutina.
El Faro del Sabinal le permitió explorar ambas cuestiones. La torre que hoy conocemos no es la primera que iluminó este tramo de costa. El faro original comenzó a funcionar en 1863 y se encontraba unos 350 metros más hacia el mar, pero las transformaciones del litoral hicieron necesaria la construcción de otro, cuya luz se encendió por primera vez en 1926. Una historia que demuestra que ni siquiera estos edificios, aparentemente destinados a permanecer inmóviles durante siglos, han sido ajenos a los cambios del paisaje.
Esa relación entre arquitectura y territorio también aparece en los otros dos casos que Miguel estudió con mayor profundidad. El Faro de Cabo de Gata, construido sobre un antiguo fuerte y rodeado de un paisaje de origen volcánico, y el de Mesa Roldán, levantado sobre un imponente relieve costero, muestran cómo cada construcción responde a las particularidades del lugar en el que se encuentra. No se trata únicamente de torres que iluminan el Mediterráneo, sino de edificios cuya historia resulta inseparable de la geografía almeriense.

Los hermanos Antonio y Eustaquio Gandolfo Fernández, ambos fareros
Un patrimonio que merece seguir
Pero si el paisaje explica por qué se construyeron los faros en determinados lugares, las personas que vivieron en ellos permiten comprender otra parte de su historia. Esa fue una de las grandes conclusiones que Miguel extrajo de su investigación. Los edificios permanecen, sus luces continúan orientando a los navegantes, pero la automatización ha transformado profundamente su funcionamiento y ha ido dejando atrás una profesión que durante generaciones estuvo ligada a la costa almeriense: la de farero.
Precisamente por eso, el joven arquitecto considera fundamental que la conservación de este patrimonio no se limite a sus elementos materiales. Su padre, que pasó parte de su infancia en el Sabinal, todavía recuerda caminos, plantas y rincones que aprendió a conocer cuando aquel paisaje era su hogar. Son conocimientos y experiencias que no aparecen en los planos de un edificio, pero que también forman parte de su historia. Y que, si nadie se preocupa por recogerlos, pueden desaparecer con quienes los vivieron.
Miguel encontró un ejemplo de cómo preservar ese legado en el Faro de Mesa Roldán, donde el farero Mario Sanz ha reunido documentos, objetos y recuerdos en un museo que permite acercarse a la vida cotidiana de estas construcciones. Una iniciativa que conecta directamente con su propia manera de entender la arquitectura: no como un conjunto de edificios aislados, sino como un patrimonio que adquiere sentido a través de las personas y de las historias que conserva.
"Contar la historia del patrimonio es ponerlo en valor y hacer que se mantenga, que se preserve y se vaya transmitiendo de generación en generación", defiende Miguel. Y quizá su propio trabajo sea una buena muestra de ello. El 15 de febrero de 1978, su bisabuelo Eustaquio Gandolfo Fernández se despidió del Faro del Sabinal después de casi 52 años de servicio. En su última anotación escribió dos palabras que resumían toda una vida de trabajo: "Misión cumplida". Cerró el registro con la misma fórmula que había acompañado tantas jornadas: "2º Turno sin novedad". Casi medio siglo después, su bisnieto ha recuperado aquellas palabras. Y aunque ya no le corresponde mantener encendida la luz del Sabinal, ha encontrado otra manera de cuidar lo que su familia dejó allí: evitar que su historia se apague.