La Voz de Almeria

Adra

Adra, historia con mayúsculas

De antigua colonia fenicia a pueblo mediterráneo lleno de historia y tradiciones

Una estampa clásica de Adra en los años 60 con la histórica Torre de los Perdigones al fondo

Una estampa clásica de Adra en los años 60 con la histórica Torre de los Perdigones al fondoColección de Andrés Aguilera.

Pepe Cazorla
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Adra, como es sabido, es una fundación fenicia y por lo tanto, es uno de los pueblos más antiguos del continente europeo. Las remotas civilizaciones asiáticas del Oriente Medio y norteafricanas, sintiendo la necesidad de expandirse buscando en tierras inexploradas los beneficios de las conquistas guerreras, del tráfico comercial o simplemente la bondad de los climas templados, invadieron las costas vírgenes del litoral mediterráneo.

El pueblo que lo hizo primero, por lo que a España se refiere, fue el fenicio, compuesto de tribus semitas, de tribus nómadas y otros elementos dispersos de varias razas nómadas que agrupados fundaron en la costa de Siria, la nación Fenicia. Esto ocurrió en la época de Amenofis IV de la decimoctava Dinastía del Nuevo Imperio Egipcio, unos dos mil años antes de Jesucristo.

Así, que fundada la nueva nación y tras un largo período de acoplamiento de razas y religiones y de la organización del nuevo Estado y una vez creadas las leyes religiosas y civiles, comenzaron los intentos de exploración de las cercanas costas, hasta que ya cerciorados los fenicios de la bondad del clima y de las prometedoras muestras de un beneficioso tráfico comercial con los naturales, se decidieron a invadir en gran escala y en son pacífico esta tierra privilegiada fundando en distintos puntos del litoral mediterráneo muchas factorías comerciales que se desarrollaron rápidamente en un ambiente de colaboración y confianza con los naturales. Una de estas fundaciones factoría pesquera y de productos de la costa, fue Abdera, hoy, Adra.

Aunque la Historia no concreta, parece ser que esto fue en las postrimerías del Imperio Egipcio y comienzo de la época arcaica griega, unos mil setecientos años antes de Jesucristo. 

Los griegos, quizás, no pusieran su planta en nuestra tierra ni como guerreros, ni como colonizadores pacíficos, pero si dejaron sentir su influencia en nuestras costumbres legándonos su alto concepto estético, como lo atestiguan varias estatuillas de barro cocido encontradas. 

Del paso de Roma por nuestro pueblo sí tenemos numerosas muestras: lápidas funerarias, estatuillas, vidrios irisados, finísima cerámica, monedas, numerosos objetos del culto pentélico y un sarcófago de los primeros tiempos del cristianismo.

Nuestro Cerro de Montecristo, qué en otros tiempos debió ser como una pequeña península, porque el mar se adentraba hasta lo que hoy se llama pago de las Albarradas y Hazano, y por lo tanto un sitio de recreo, por su situación, forma y altura, es, se puede decir, un verdadero yacimiento de objetos y vestigios antiguos, que se encuentran casi a flor de tierra y que seguramente su busca y la clasificación haría la felicidad de un arqueólogo.

Aquí, en Adra, estuvo oculta la Fe que predicaron los discípulos de los primeros varones apostólicos, San Indalecio; San Torcuato y San Cecilio hasta que, expulsados los moriscos, de las tahas o pueblos alpujarreños, se volvería a practicar públicamente la fe que nos legaron nuestros antepasados, promulgada anteriormente por todos los ámbitos de la Península en los tiempos de Recaredo I, bajo cuyos auspicios se celebraron los Concilios sentando las bases del futuro reino hispano-visigodo en Hispania de celebridad y renombre universal. 

Restos del paso de los árabes los tenemos en algunas construcciones, murallas, torreones y enterramientos, y muy cerca de Adra, en el llamado Cerro de la Matanza; se libró una sangrienta batalla ganada por los cristianos, entre las huestes del Zagal.

Gracias a sus pesquerías en este mar privilegiado a sus tierras de labor abrigadas por la Contraviesa, la vida de Adra se desarrolló prósperamente a partir de entonces y así sigue hoy, al cabo de las últimas luchas que aunque nos dejaron la impronta de sus influencias, no por ello dejamos de perfilar esta fuerte individualidad que caracteriza a los hijos de Adra, en donde el clima, el cielo, la feracidad de su suelo y su atrayente simpatía de pueblo hermano y trabajador constituyen la nota más destacada de esta antigua colonia fenicia.

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