Neville Chamberlain en los Juegos Moriscos
Mientras esperaba el inicio, vi a lo lejos que el mismísimo Aben Humeya, vestido con sus suntuosos ropajes moriscos, había quedado momentáneamente libre

El presidente de Diputación participó en el izado de las banderas durante la inauguración de los Juegos Moriscos Abén Humeya de Purchena 2026.
Por diversos motivos, este verano esperaba con ganas disfrutar de los Juegos Moriscos de Purchena.
De este modo, llegado el jueves de la inauguración, recorrí la plaza saludando a la gente, asistí al desfile, me sumé al ambiente, visité el zoco y pronto me sentí integrado en una iniciativa colectiva que recupera una parte de nuestro patrimonio cultural que teníamos olvidada. Mientras esperaba el inicio, vi a lo lejos que el mismísimo Aben Humeya, vestido con sus suntuosos ropajes moriscos, había quedado momentáneamente libre.
Como quien da vida al rey de Andalucía con notable acierto y entusiasmo, es un buen amigo, por cierto, de marcado fenotipo centroeuropeo y remoto origen franco navarro, lo cual dice mucho de los fundamentos sobre los que descansa la peculiar idiosincrasia de los almerienses, aproveché para saludarle.
Una cosa llevó a la otra y terminé haciéndome una foto con el líder de la rebelión de las Alpujarras, que, como es socialmente preceptivo, distribuí entre colegas del sector exterior, con quienes comparto el interés por la consciencia cultural.
Después, me fui a cenar y a disfrutar de unos vinos tan ricamente. El tiempo pasó en un estado de tranquilidad absoluta y solo antes de disponerme a disfrutar de las competiciones deportivas, eché un vistazo al móvil. Y fue entonces cuando leí el mensaje de un amigo que se dedica a prevenir las amenazas que nos llegan por el flanco sur. El texto se podría resumir en algo así como: “haces bien en pegarte a Aben Humeya, porque están invadiendo Ceuta”.
Inmediatamente se me pasó la euforia, porque sabía que la broma escondía un mensaje de fondo. Así fue como, mientras disimulaba mi inquietud tomando un excelente té moruno y le daba la paliza propia del tito pesado a mis sobrinos, en mi interior me desesperaba por conseguir información fiable sobre cómo la avalancha humana de Ceuta había evolucionada hacia una amenaza híbrida.
De esta manera, cuando poco antes del amanecer todo el mundo se fue a dormir, yo me enganché a cualquier medio nacional o internacional al que tuviera acceso. Pues, treinta y ocho años analizando riesgos internacionales y desarrollando instrumentos de cobertura para mitigarlos, con especial incidencia en la zona de Medio Oriente y Norte de África, no pasan en balde y, desde principios del año 2021, tengo el profundo convencimiento de que el Reino de Marruecos ha pasado de ser nuestra puerta de entrada al continente africano a convertirse en la mayor amenaza potencial que tenemos.
Desconozco si la razón última de este desastre geopolítico y humanitario se esconde en un bot ruso, unos mafiosos que se ocultan en Turquía, el Mossad o el Majzén alauita, pero lo que si se es que, desde que tengo uso de razón, en el reino vecino se han generado cuatro entradas hostiles a territorios bajo soberanía española y que dos han llevado aparejadas masacres. Y dado que Ceuta, Melilla y Canarias son la primera línea, pero por razones demográficas la segunda está en Almería, Algeciras y Tarifa, no lo vivo de forma ajena.
En esta línea, he seguido de cerca la tomadura de pelo de las aduanas de Ceuta y Melilla en la esperanza de que la contraparte magrebí mostrara un gesto de buena voluntad, seguido los informes del Real Instituto Elcano y esperado el tantas veces comprometido Plan Integral de Seguridad para Ceuta y Melilla.
En el amanecer purchereno, me llevaban los demonios al constatar que, a pesar de lo que marca la Estrategia de Seguridad Nacional, no teníamos ninguna respuesta articulada para responder a una crisis que se ha cobrado más de cien víctimas (según el diario El País), puesto en peligro a ochenta mil desesperados, aterrorizado a otros tantos españoles, dejado más de mil menores sin protección, miles de personas vagando por las calles de Ceuta, familias buscando desesperadamente a sus hijos, puesto a la defensiva a la Unión Europea y destruido de un plumazo la imagen de España. Si esto no responde a la definición de un conflicto híbrido, no sé yo qué es.
Cuando al día siguiente intentaba relajarme en la balsa de Cela, no se me iba de la cabeza que nuestro ejecutivo actual y su líder recuerdan al gabinete británico de Chamberlain en 1939, empeñados en poner parches apaciguadores cuando el momento histórico estaba a otra cosa.
El problema es que, siguiendo este símil, no veo yo a los Churchill y Attlee que pudieran combinar al mismo tiempo la defensa de los valores democráticos y el aplazamiento de las propias posiciones con la firmeza que requiere una amenaza de este calibre. Como siempre, confío en equivocarme y que mientras espero lo inevitable, ocurra lo inesperado.