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Cuando la necesidad obliga

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El día comienza como otro más en el comedor La Milagrosa de las Hijas de la Caridad. Bien temprano, sor Sabina, la responsable, ya tiene a la puerta un mozo de supermercado con una generosa donación anónima de artículos de repostería. Poco después, asoma por el despacho un agricultor con dos sacos de naranjas y unas cajas de vegetales. Sor Sabina, teléfono en mano, apenas puede atenderle, pero su gesto de asombro ante el rojo de los tomates parece bastar. Al aparato, un ilustre de la hostelería local comunica el envío de un dineral en leche. La religiosa achaca a la Providencia el carácter "profundamente solidario” de Almería, pero insiste en la importancia de que los centros benéficos “ayuden al donante a sentir cercanía con su acción”. Como muestra, Sor Sabina trata de esmerarse con un email para alguien que quiere contribuir a la cena de Nochebuena. Mientras teclea, la monja medita en alto su “oferta”: “pollo asado para doscientos. Seguro que le agrada la idea”.
Como una patena
Al filo del mediodía, una cola toma ya cuerpo a lo largo de la vieja fachada en Alcalde Muñoz. Según el voluntario a la puerta, la afluencia habitual ronda los ciento veinte individuos. Todavía vacío, el comedor de la legendaria tienda-asilo está hecho un pincel, limpio como una patena, con quince mesas para cuatro cubiertas en azul celeste. En el área de servicio, un grupo de mujeres ultima detalles sin apartar la vista del reloj de la pared. A la misma altura, encaramada en un estante, reposa la estatuilla de Vicente de Paúl, patrón de las Hijas de la Caridad, un santo francés del siglo XVII que se sumó a la estela de la Revolución con un lema que la hacía palidecer: “los pobres son nuestros amos y señores”.
Con la excepción de ciertos voluntarios seglares del entorno paúl, el personal civil que ayuda cada día en el proyecto La Milagrosa consiste básicamente en católicos de a pie que sacan tiempo para echar una mano. La mayoría son mujeres más bien maduras, asignadas a la cadena que llena las bandejas de comida tras el mostrador. Todas ellas se declaran “afortunadas de poder servir al necesitado”. Una, veterana y “adicta”, dice, a su misión altruista, menciona el “orgullo” que le causa ser saludada en la calle por algún usuario del comedor. Un murmullo in crescendo en la entrada indica que está a punto de verse con todos ellos a la vez.    
La tanda inicial de sesenta comensales ocupa la estancia en un santiamén. Las raciones lucen copiosas y nutritivas, incluída la provisión fría para la cena. Hoy, además, un banquete de boda que al final quedó en veremos, produce un asado sorpresa que arranca cumplidos a la concurrencia: hombres y mujeres de todas las edades y razas, desempleados, drogadictos, alcohólicos, enfermos mentales, de sida, prostitutas, ludópatas sin suerte, hard-core punkies, amas de casa sin techo, padres de familia cesados, bastante inmigrante rumano, musulmán, hispanoamericano y no menos nativo almeriense. La frágil apariencia de Sor Sabina se mueve entre las mesas como una brisa tenue. Reina una paz absoluta. Se trata, dice la monja, de “aliviar la inseguridad del desarraigado con buenos alimentos en la mesa y normas sociales sencillas de cumplir”. La dignidad que embarga el comedor, añade, confirma su teoría de que “con solidaridad, no hay razón para crisis alguna”.


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