Acabar con las chabolas: claro que se puede
La confluencia de compromisos públicos y privados puede abrir la puerta a la esperanza

Chabolas quemadas, personas sin presente; hay que buscar soluciones y sí, se puede
Vuelve a saltar al primer plano de la actualidad otro suceso relacionado con los asentamientos chabolistas. Se repiten las declaraciones de condolencia, los lamentos y las voces que piden que se ponga punto y final a este triste asunto. Pasarán unos días y, con probabilidad, esas voces volverán a callarse, lo ocurrido quedará en un segundo plano, si no en el olvido, y en unos días, unas semanas o unos meses el drama volverá a llamar a las puertas.
Escucho desde hace años las declaraciones de buenas intenciones de todos los que forman parte de la comunidad almeriense y andaluza pidiendo que se ponga fin a esta sangría humanitaria. Me llegan los lamentos, cuando no las diatribas de quienes claman porque esto se acabe porque afea la imagen de Almería y de sus apreciadas hortalizas.
Los poblados de la vergüenza
Pero sistemáticamente pasan los años, pasan los incendios, se suceden los sucesos en esos pozos de miseria y hambre en unos asentamientos que deberían sonrojarnos a todos, pero que sólo sonrojan a unos pocos y, sobre todo, no mueven conciencias para erradicar una forma de vida que no es vida ni deberíamos admitir ni en este mundo supuestamente civilizado ni en cualquier otro lugar del mundo.
Irremediablemente surge la pregunta; ¿tiene solución esta otra crisis humanitaria cotidiana?, algo que no se está produciendo en la frontera de Ceuta, ni en los centros de acogida, ni en los territorios ocupados, sino a las puertas mismas de nuestras casas, a la vista de todo el mundo, incluyendo las administraciones, instituciones o las empresas que finalmente obtienen un beneficio con trabajadores sin techo, sin papeles, sin derechos.
Cuando sí se pudo
Me viene a la memoria cómo la Administración española de los años sesenta y setenta puso en marcha los planes de asentamiento de nuevos pobladores que llegaban a Almería para incorporarse a la revolución de los cultivos intensivos; aquellos pueblos de colonización se crearon para albergar a esa nueva masa social y laboral que cambió el rumbo económico de esta provincia. Hoy esos asentamientos han crecido, se han consolidado y son pueblos en los que viven decenas de miles de personas, con viviendas, servicios e infraestructuras que les permiten disponer de algo tan simple y esencial como agua, electricidad o alcantarillas.
Y ahora, sesenta años después, parece que nadie sepa cómo poner punto y final a un problema que es, sobre todo, de aquellos que se ven empujados a residir en esos poblados, pero también de una provincia que tiene sus mercados mayoritarios fuera de nuestras fronteras, mercados que, por cierto, son muy sensibles al trato que se presta a las personas.
Lo que los expertos califican como un problema ‘reputacional’ es además un arma arrojadiza de los mercados de destino, en este caso no tanto por la compasión que despiertan como por esa batalla perenne para rebajar los precios que han de pagar por disponer de tomates, pepinos o calabacines durante todo el invierno. Dicho de otra forma; permitir que sigan ahí los asentamientos chabolistas nos cuesta el dinero, reduce la facturación final y lo hace cada vez con más fuerza.
La doble moral
Evidentemente los mercados y una gran parte de los consumidores, de esos europeos que tanto miran nuestras miserias, hacen gala de una tremenda doble moral: Miran con lupa lo que ocurre en Almería, o en Huelva o en Murcia (en todo el continente en realidad), se mesan los cabellos por la marginalidad a que son sometidos los inmigrantes… pero ni una palabra, ni una recriminación cuando la explotación se produce en los países de origen. Miramos hacia otro lado cuando compramos productos elaborados por niños de diez o doce años obligados a jornadas laborales de sol a sol por un plato de arroz. Eso es maniqueísmo, eso es egoísmo y está muy alejado de lo que podríamos llamar solidaridad.
El último suceso acaecido en Níjar, saldado con -afortunadamente- sólo un herido por quemaduras y varios cientos de personas sin ‘su’ hogar -por muy precario que sea no deja de ser su lugar de residencia-, vuelve remover conciencias, pero no remueve los bolsillos de quienes pueden ser parte esencial de la solución. Por desgracia, si este incendio se hubiera saldado con cien muertos, carbonizados en sus ataúdes de plástico, se pondrían en marcha mecanismos de urgencia para solventar el problema. Sólo un quemado, sólo un grupo de desplazados, pero el drama va mucho más allá y es la forma en que se ven obligados a vivir, esa precariedad, esa insalubridad, esa escasez de vida y recursos, esa miseria para los que han venido a vivir, para tratar de vivir, y sólo pueden aspirar a sobrevivir.
Las silenciosas puertas cerradas
En medio de todo ello se encuentra quien es anfitrión de todo esto, el Ayuntamiento de Níjar, que desde hace tiempo llama a las puertas del resto de administraciones, estudia el fenómeno, acumula informes y propuestas y que, como desde siempre, no encuentra ni un resquicio en las cerradas puertas de quienes podrían.
Es más que evidente que una administración local no dispone de medios para abordar un problema de tal magnitud (son más de 3.000 personas las que viven en las chabolas), así que no estaría mal que la Junta, el Gobierno central, la Diputación o la pulcra Unión Europea alargaran sus manos para ayudar, que las empresas que operan en el municipio nijareño se implicaran por una cuestión de responsabilidad y también por elevar el prestigio de los productos que, antes que suyos, son almerienses y si Almería sufre de mala reputación por el chabolismo y sus consecuencias, sus cuentas de resultados se resienten.
Todas las manos son buenas para ayudar, todos los recursos son bienvenidos para construir una sociedad más justa, para facilitarles la vida a miles de seres humanos que llegaron a Almería precisamente para trabajar, para vivir, para prosperar, para ser felices y reunirse, aquí o allí, con sus familias. Puede que este sea el momento y la respuesta que obtengamos será el termómetro de hasta dónde podemos llegar para construir una Almería más justa.
Mi conclusión es que ‘sí se puede’, que los recursos necesarios no son tan copiosos como para volver a ignorar las injustas situaciones generadas durante años de mirar para otro lado. No puede ni debería ser tan difícil que los muchos que pueden arrimen el hombro. A ver si vamos a tener que echar de menos las políticas sociales que, en los años sesenta un Estado bajo el mando del general Franco, trajeron a Almería un mundo nuevo para vivir y trabajar.