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¿Es buena o mala la inteligencia artificial en las aulas? Así está cambiando la enseñanza en los centros educativos de Almería

No enviar redacciones para hacer en casa o ejercicios que contienen trampas son algunas de las medidas que los docentes están tomando para combatir el uso de la IA

Muchos profesores encuentran ejercicios perfectamente resueltos que luego los alumnos no saben explicar.

Muchos profesores encuentran ejercicios perfectamente resueltos que luego los alumnos no saben explicar.Lev Dolgachov/Envato

César Lorente Venteo
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Un problema de Matemáticas resuelto a la perfección por un alumno que después no sabe explicar cómo ha llegado al resultado. Una redacción de Inglés escrita con un nivel muy superior al habitual. O un trabajo de investigación que parece completo hasta que el profesor comprueba que su autor apenas conoce lo que ha entregado.

Son situaciones cada vez más frecuentes en los centros educativos de Almería, donde muchos estudiantes están incorporando la inteligencia artificial a su rutina de estudio. Charlamos con cuatro docentes de diferentes asignaturas para conocer si esta tecnología está cambiando las reglas del juego y si hay esperanza para que pueda convertirse en una herramienta útil si se aprende a utilizar correctamente.

En Física y Química, Elisa Chinchilla, profesora del IES La Mojonera, observa diferencias importantes según la edad de sus alumnos. En cuarto de ESO y Bachillerato encuentra estudiantes que recurren a la IA para comprender problemas y aclarar dudas, mientras que en los primeros cursos de Secundaria es más habitual que copien directamente las respuestas, especialmente en los trabajos de investigación.

Para comprobar que los estudiantes realmente aprenden, mantiene las tareas de refuerzo en casa, pero después les pide resolver ejercicios en la pizarra, sin consultar el cuaderno y demostrando que entienden lo que hacen.

Una situación parecida vive Laura Pérez, profesora de Matemáticas en el mismo instituto, aunque en su asignatura resulta especialmente fácil detectar cuándo una respuesta no es fruto del razonamiento del alumno. "Ves la resolución de un problema perfecta, pero luego no saben decirte por qué se resuelve así".

En ocasiones aparecen procedimientos que ni siquiera se han explicado en clase. Por eso ha dejado de centrar la evaluación en los deberes y presta más atención a cómo razonan los estudiantes delante de ella. Incluso ha comenzado a entregarles ejercicios resueltos con errores para comprobar si son capaces de identificarlos. Una manera de darle la vuelta al problema y obligarlos a pensar antes de aceptar cualquier resultado.

En el IES Villa de Vícar, en La Gangosa, la profesora de Inglés Cati Plaza también ha tenido que adaptar su trabajo. La facilidad con la que la IA puede redactar textos ha cambiado la forma de plantear determinadas actividades. "Ahora a ningún profe de inglés se le ocurre ya mandar hacer una redacción en casa", comenta.

Sin embargo, sigue enviando deberes y utilizándolos como parte de la evaluación, porque considera que el problema de copiar no nació con esta tecnología. Recuerda que antes algunos estudiantes recurrían a los compañeros para llevar las tareas hechas y que, incluso ahora, hay quienes no las realizan pese a tener herramientas a su alcance. Para ella, el esfuerzo y la constancia siguen siendo aspectos que merece la pena valorar.

La preocupación también llega a las asignaturas de letras. Laura Carbonell, profesora de Lengua y Literatura en el IES La Mojonera, asegura que a partir de tercero de ESO el uso de la IA está muy extendido, especialmente cuando se encargan investigaciones o presentaciones. El problema aparece cuando los alumnos entregan información sin revisarla ni comprenderla.

Laura cree que esta situación obliga a reconsiderar algunas actividades que durante años han buscado fomentar la investigación y el trabajo autónomo. "Es una herramienta que tiene que acabar de asentarse tanto para los profesores a la hora de configurar las tareas que se mandan como para los alumnos", explica. “Todavía existe cierta confusión sobre cómo integrarla realmente en el aprendizaje”.

Donde aparecen más coincidencias es en los riesgos de utilizarla sin criterio. Las docentes advierten de que obtener una respuesta correcta no significa haber aprendido y de que la información generada tampoco tiene por qué ser siempre fiable. Aun así, sus testimonios muestran posibles caminos para aprovecharla mejor.

Laura Pérez plantea que los estudiantes dejen de pedir soluciones y comiencen a preguntar por los pasos necesarios para resolver un ejercicio. Elisa defiende enseñarles a contrastar las respuestas y utilizarlas como apoyo. Por su parte, Cati confía en que la IA puede facilitar el trabajo de profesores y alumnos, y Laura Carbonell insiste en la necesidad de encontrar metodologías que se adapten a esta nueva realidad.

El reto, por tanto, no parece estar en conseguir que la inteligencia artificial desaparezca de los institutos, sino en evitar que sustituya aquello que los alumnos necesitan aprender por sí mismos. Las cuatro docentes coinciden, desde sus respectivas experiencias, en que la enseñanza debe adaptarse, aunque todavía haya dudas sobre cómo hacerlo. Elisa lo resume con una idea que apunta también al futuro de los estudiantes: "Debemos hacer que aprendan a manejar esta herramienta con un pensamiento crítico, ya que puede ser de una gran ayuda si se sabe utilizar". 

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