Encuestas, para qué os quiero
Igual que yo, usted también estará percibiendo el estremecimiento colectivo que recorre la espina dorsal del periodismo español tras la victoria de Donald Trump en las Elecciones Presidenciales de los Estados Unidos, que está llenando los editoriales y las columnas de pronósticos teñidos del color de la axila de Miles Davis, genial trompetista de jazz nacido en 1926 en Illinois (único estado del Medio Oeste con victoria demócrata). Pero tal como uno lo ve, el resultado electoral no es tan negro como lo pinta buena parte de la prensa española, ya que el inesperado triunfo del inquietante multimillonario ha supuesto una considerable mejora del crédito social del viejo oficio de contar las cosas. Hasta ahora, el último peldaño del más lóbrego y sombrío sótano del menosacabo y del desprecio social lo ocupaba la prensa, en dura disputa con los políticos, los controladores aéreos y los asesinos múltiples. Pero hablo en pasado, porque desde que a las 07,44h. del miércoles (hora española) quedó claro que Trump había ganado las elecciones, el lugar más bajo del escalafón del desprestigio lo ocupan, y con bastante merecimiento, los profesionales de las encuestas electorales. Qué tremendo batacazo y qué tremendo alivio ver que allí las encuestas valen tanto como aquí: nada de nada. Todos los estudios demoscópicos, los análisis de comportamiento electoral y los más sesudos informes previos a la jornada electoral marcaban un triunfo –apretado, pero triunfo- de la candidata favorita del histriónico Miquel Iceta y el apoyador Pedro Sánchez. Pero Hillary perdió y, con ella, todas las empresas demoscópicas del mundo mundial. A ver quién se atreve ahora a gastar más dinero en encuestas “fiables” que luego valen lo mismo que un rizador del pelo al nuevo inquilino de la Casa Blanca. Eso sí; como estas empresas son inasequibles al desaliento, ahora están explicando con detalle las razones por las que se equivocaron en los pronósticos que lanzaron. Y así, hasta la próxima campaña electoral.