La Voz de Almeria

Opinión

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Aunque los romanos decían que ningún hombre digno pedirá que se le agradezca aquello que nada le cuesta, estoy convencido de que al capitán de la UD Almería, Miguel Angel Corona, le ha costado mucho que no se le note lo difícil que es jugar al fútbol como él lo hace. Y también sé que un tipo tan digno como él no reclamará otra cosa que dejar un buen recuerdo ahora que, por sorpresa, anuncia que deja el equipo en el que ha militado tantos años para aceptar la oferta de un equipo australiano. No entro ahora a valorar las explicaciones deportivas de su salida, ni tampoco en la impresionante carga sentimental que nos deja su carrera dentro y fuera del terreno de juego, que de eso ya se habrán ocupado eficazmente en la sección de Deportes.


Uno prefiere quedarse en la descomunal metáfora de ver a un tipo como Corona emigrando a las antípodas para seguir haciendo lo que sabe y le gusta. Y es que tiene todo el sentido ver que alguien que nunca ha querido tirarse al barro de este fútbol actual, tan tatuado de imposturas y más próximo a la escenificación que al deporte, emigre para ser, usando los arrebatados versos que Rafael Alberti dedicó al futbolista húngaro Platko (hablo de 1928, así que no corran a buscarlo en el Marca) “tigre ardiente en la hierba de otro país”. Voy a sentir su marcha, sobre todo porque al fútbol español le faltan coronas y le sobran peluqueros. No pierdan la ocasión de ver estos días algún partido del Mundial de Rugby y comprobarán las diferencias de comportamiento y actitud entre los que practican, arbitran y contemplan un deporte y otro. Los que estamos ya hartos del incesante desfile de futbolistas-figurines, de comediantes de la lesión y llorones con millones, no podemos sino lamentar la salida de futbolistas como Miguel Angel Corona, al que vamos a echar de menos más de una tarde en la grada o ante la pantalla. Mucha suerte, capitán.










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