EL PSOE no es extremista
“El PSOE, entre anarquistas y estalinistas nunca aparentó ser lo suficiente revolucionario”
Metroscopia se está encargando de poner las cosas en su sitio. No hace ni dos semanas decíamos aquí que la presunta radicalidad de los socialistas era un postureo maligno impuesto por el PP en su desesperado intento de detener la diarrea de votos. La palabra radical se había hecho moneda corriente entre los militantes del partido conservador con la poco sana intención de zaherir al contrario. Un ejemplo: Amat, presidente de la Diputación y alcalde de Roquetas de Mar. Dijo que los radicales no tenían idea de la administración. La consigna venía de arriba. El propio Mariano Rajoy no se cortó un pelo cuando calificó a Pedro Sánchez de “títere y portamaletas de radicales y populistas”. A pesar de toda la estratagema de arrinconar a la izquierda moderada les está fallando. Y Metroscopia por vía de números viene a respaldar lo que aquí dijimos sin aparato probatorio. La frase “soy socialista antes que marxista”, pronunciada por Felipe González en su día, abrió el pueblo español hacia la confianza de los diez millones de votos y en consecuencia a la Moncloa. Ha sido siempre el destino del PSOE. Entre anarquistas y estalinistas nunca aparentó ser lo suficiente revolucionario y ahora llega, quién iba a decirlo, el partido de la derecha y lo coloca nada menos que a partir un piñón con Podemos, olvidando los avances sociales de los Gobiernos del PSOE. No deja de ser una ironía que ahora sea el PSOE la sigla más moderada de todas las que aparecen en el tablero político. Ciudadanos, partido que nació para detener el nacionalismo catalán, no está exento de peligro. Todas las quinielas apuntan a que Albert Rivera podría formar gobierno con el desalentado PP. Sépalo bien la izquierda. ¿Cuándo llegará ese parto difícil de la siempre discutida “unidad”? Hemos pasado de identificar al PSOE como recambio del PP a un modelo ultra del radicalismo asiático. No basta que todos quieran desbancar al PP, como criterio “sine qua non”; no basta que todos confiesen su compromiso contra la desigualdad y la explotación. A la hora de poner mano a la obra, comienzan las mil escuelas interpretativas de Alejandría. Menos profetas y más salir a la calle.