Clases de baile
“Cuando veo el final de ‘Dirty Dancing’ —al borde siempre de las lágrimas— pienso que eso debe de ser el cielo”

Jennifer Grey y Patrick Swayze en la secuencia final de ‘Dirty Dancing’.
Hay muchas cosas —con una apariencia casi insensata de trivialidad— que me han dicho a lo largo de mi vida y se han quedado grabadas con un pirógrafo en la madera de mi cerebro. Y treinta o cuarenta años después continúo dándole vueltas en esa lavadora que no para de centrifugar y que no distingue muy bien unos tejidos de otros.
En séptimo u octavo de EGB —sí, soy de la generación de EGB— un profesor nos dijo que el cielo él se lo imaginaba como un lugar donde cada uno haría lo que más le gustase hacer. Alguien que le gustasen los pasteles estaría todo el tiempo comiendo pasteles. Al que le gustase la playa tendría para él una playa paradisíaca ubicada, no en el plano terrenal, sino en la eternidad. Al que le gustase bailar no pararía de danzar y hacer piruetas en ese cielo idílico que mi profesor se imaginaba. Y así hasta las infinitas posibilidades de gustos y preferencias que pueden sortearse en el bingo celestial de ese cielo que nos espera a todos si hemos sido lo suficientemente honrados y bondadosos. Admito que es una idea bastante naíf de lo que nos espera después de la muerte, pero a mí me gusta el planteamiento.
La cosa quedaría tal que así:
—Teresa.
—En tus manos lo dejo, Pedro.
—Listado de tus preferencias, por favor. Rápido que hay cola. Llevamos una mañana de locos.
—Un salón muy grande lleno de amigos y música de fondo. Muchos niños correteando entre las piernas de los adultos. Un perro y varios gatos solazados en el sofá. Leer poesía con mi hermana al sol. Zambullirme en el mar. Volver a enterrar tesoros con mi sobrino. Retroceder el tiempo a sus cinco años. Jugar con él. Ir a la playa con mis padres de niña. No. Aún mejor. Ir a la playa con mi padre cuando aún podía andar. Un ágape con Javi a base de boquerones en vinagre. Desvelarme hablando con él. Escabullirme en su pecho de todo lo que no entiendo. Olerlo. Mi aromaterapia favorita. Contemplar a Javi a través de las gafas de sol, tirada en la toalla, echar un partidillo en la playa con Lionel Messi. Su ecuanimidad se haría pedazos, estoy segura. Cenar con Federico Luppi. Con Javier Bardem. Con Keanu Reeves. Con Pablo D’Ors. Cruzar el Pont des Arts en París con Julio Cortázar. Volver a esa tarde de agosto de 2026 con Javi y mis amigos a ver el eclipse a través de una caja con un agujero y papel albal construida por mi inventor favorito.
Cuando veo el final de Dirty Dancing —al borde siempre de las lágrimas— pienso que eso debe de ser el cielo. Un montón de gente bailando, unida por la buena música. Sin importar la edad ni la condición social. Eso debe de ser el cielo. Una luna, un sol y una Tierra bailando, jugando al escondite, al ritmo de la melodía, confabulándose para que la magia interestelar pueda contemplarse desde ese pequeño punto azul perdido en la inmensidad, por unos homos sapiens sapiens evolucionados ¿Con qué finalidad? Para que nos sintamos minúsculos ante su grandiosidad. Para no preocuparnos por nimiedades que se enraízan en nuestra amígdala. Para que sepamos que somos mortales pero eternos. Sólo una incongruencia en apariencia. Guarda en un lugar pequeño de tu corazón esos instantes inimitables, insuperables e irrepetibles. Después de caer las tinieblas, con quién estabas, a quién besaste o abrazaste esa tarde de baile celestial, el tono de voz de tu madre, de tu hijo, de tu pareja o de tu amigo. Grábalos en Dolby Surround. El color del cielo, de las nubes, de la tierra que pisabas, de las hojas secas o de la hierba. Grábalos en HD en la retina. El sabor del bocadillo de sobrasada, de las gominolas o el placer de compartirlos con quien más quieres. Guárdalo en una pequeña caja de galletas junto con la costura. Te puede hacer falta en el futuro. Menuda sincronicidad. Celebrar el baile del final de Dirty Dancing, de la luna, el sol y este planeta que es nuestro único hogar y nos empeñamos en martirizar, como el niño pequeño sin consciencia de que ha rayajeado un Cézanne. El cielo puede esperar. Ahora hace de las suyas el algoritmo y la irreverente casualidad. Esto es literal. Me susurra Shinova: En el año más extraño de mi vida hubo un eclipse de sol, cien mil especies extinguidas y gritos de revolución, pero yo solo recuerdo tu voz.
Hay una cosa en la que tengo una fe inquebrantable sin ninguna grieta. Patrick Swayze está en el cielo dándole clases de baile a mi padre. No había nada que le gustase más que la playa y bailar. Sospecho que desde allí debe haber una panorámica privilegiada del eclipse. ¿Lo verían juntos? Si mi profesor de EGB está en lo cierto, mi padre es alumno de Patrick Swayze y luego, tras la clase, van a darse un chapuzón a una playa de aguas cristalinas y, supongo que mi padre ya habrá aprendido a nadar. De algo tiene que valer la eternidad.