La Voz de Almeria

Opinión

Manual de estilo para la grada

“Pero estamos hablando de una víctima mortal y eso parece obligar a la adopción de medidas tangibles y llamativas”

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Una de las muestras de la escasa seriedad colectiva que nos retrata como sociedad es el valor que le damos al impulso nervioso como motor de actuación y como ejemplo social valioso. En este sentido, no puedo dejar de sorprenderme ante la escalada de medidas sobrevenidas y aceleradas que está provocando la muerte de un sujeto miembro de las descerebradas y violentas bandas de seguidores de algunos equipos de fútbol que, hasta hace unas semanas, amparaban, protegían y privilegiaban a toda esa patulea de maleantes.


Pero estamos hablando de una víctima mortal y eso parece obligar a la adopción de medidas tangibles y llamativas. Algunas sorprenden no tanto por su contenido (control estricto de accesos a los estadios y vigilancia policial de los sujetos, etcétera) sino por la sorprendente tardanza en su puesta en marcha, sobre todo cuando cualquiera que haya estado en un estadio de fútbol con sectores de aficionados agresivos puede adivinar sin esfuerzo el nivel de las tropelías que semejante gentuza es capaz de cometer. Pero lo más llamativo no son estas medidas, sino otras que, por su ridiculez, no hacen sino delatar la mala conciencia de los equipos que han dejado anidar en su interior al mal que ahora tanto les desasosiega. Resulta que ahora van a prohibir en los estadios los cánticos injuriosos y los insultos, lo cual es tan ridículo y pusilánime como reconvenir el uso de términos malsonantes en el transcurso de un coito. Estamos, ya lo ven, ante una idiotez de gran formato a la que, además, le auguro un pésimo recorrido, salvo que algún genio quiera que los partidos acaben jugándose a puerta cerrada y que sólo puedan seguirse por la tele.


¿Qué harán entonces? ¿Prohibir los exabruptos ante la pantalla? Si eso fuera así, les garantizo que mi casa y la de varios amigos míos deberían ser tomadas por las fuerzas de orden público y nosotros, deportados a un penal de la Guayana.


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