Cosas que no se hacen a los amigos
Si siempre es necesario escoger con precaución y buen tino a los amigos, mucho más certera ha de ser la elección de los enemigos, más que nada porque, como decía Borges apoyando la barbilla en el bastón, uno acaba pareciéndose a ellos. Y créanme que no hay peor enemigo para el periodismo que la prisa, porque sólo desde el prisma acelerado de la urgencia pueden entenderse algunos titulares que, más que escribirse, se disparan sobre los teclados cuando los teletipos eclosionan la última hora de las redacciones. Lo digo porque acabo de leer este titular en la prensa almeriense: “Detenidas tres personas por el secuestro, vejación y agresión a un amigo.” He aquí el típico titular que, cuando uno era feliz e indocumentado, le valía una severa admonición por parte de alguno de los correctores de estilo (figura preterida e inolvidable en cualquier periódico razonable) que sancionaban errores y majaderías a golpe de lápiz rojo en las pruebas. “Vamos a ver, bonico, ¿cómo puedes poner ahí que la víctima era amigo de esa gente?” Y claro, se te podían caer al suelo los adminículos con los que la naturaleza adornó tu condición de varón. Efectivamente, el desventurado sería cualquier cosa de los tres desmedidos, pero no amigo. Y no digo yo que algo así se deba hacer con nadie, pero a un amigo no se le secuestra, tampoco se le veja y menos se le agrede. Eso se hace con un enemigo o, poniéndonos muy antipáticos, con un conocido. Me he quedado apenas con el titular, porque el desarrollo de la noticia refleja un llamativo modo de entender la amistad por parte de este desavenido cuarteto, ya que después de meterle la japuana quisieron arrojarlo vivo a un pozo. No me pregunten las razones de semejante exaltación de la amistad, aunque de lo leído deduzco que los tres detenidos pretendían averiguar el paradero de unos narcóticos que el amigo común había, al parecer, ocultado o vendido. En fin, ya saben, amigos para siempre. Casi para la posteridad.