Aquí sí que pasó mucho
Lo que ocurrió en el llamado ‘Caso Almería’ fue de un gran nivel de crueldad, incompetencia y salvajismo

El autor manifiesta haberse sentido siempre cercano a la familia Mañas.
Cuando en abril de 1981 mi padre reunió a la familia en el salón de nuestro coqueto pisito ovetense para anunciarnos que, tras cinco años de peregrinar por diferentes ciudades del Norte de España, al fin sus jefes le permitían instalarse en Almería, las reacciones fueron encontradas. Mis hermanas dieron saltos de alegría, a mi madre le pareció bien sin lanzar las campanas al vuelo, pero yo sentí que me acababan de arrojar un cubo de agua fría.
Para entonces, con 18 años cumplidos, me encontraba orbitando en el efervescente movimiento cultural nucleado alrededor de Las Hojas Universitarias y solo esperaba terminar la última evaluación del COU y superar la Selectividad para ingresar en la Facultad de Filología que me abriría al fin el mundo de las letras. En aquel tiempo, el hijo proponía y los padres disponían. Así que tuve solo unos meses de margen para hacerme a la idea de que regresaba a la patria chica por lo civil o lo criminal.
Y en esas estaba cuando tuve conocimiento del bárbaro suceso que ahora conocemos por El Caso Almería. Por más que me esfuerzo, no consigo evocar cómo me enteré. Creo que fue viendo la televisión, pero puede que la memoria me engañe. Lo que sí recuerdo perfectamente es la sensación que me embargó cuando las autoridades lo calificaron como un trágico error. Aquí sí que pasó mucho: unos guardias civiles habían disparado a un muchacho almeriense y a dos cántabros, confundiéndolos con etarras.
La verdad es que, tras ser consciente de lo que había ocurrido, la camisa no me llegaba al cuerpo porque, pocos meses antes, yo había estado recorriendo esta provincia en autobús y auto stop acompañando a jóvenes asturianos que venían a conocer el sur. E incluso, el verano anterior, tuvimos problemas en las fiestas de cierto pueblo, de cuyos coches de choque nos expulsaron al grito de: “¡bilbaínos, hijos de puta!”. Por algún extraño proceso de transferencia inconsciente totalmente irracional, se me instaló la idea de que yo podría haberme visto en el lugar de Juan Mañas.
Más adelante también ayudó a fijar aquello en mi memoria el hecho de que mi familia y la de Darío Fernández vivieran muchos años puerta con puerta, por lo que conocía al abogado desde niño. Sea cual fuere el motivo, soy uno de esos almerienses que, por mucho tiempo que pase, no consigue superar el hecho de que, en pleno periodo constitucional, una fuerza policial en activo de la tierra donde no serás un extraño actuara sin fisuras como un escuadrón de la muerte.
De esta manera, siempre me he sentido cerca de los Mañas y de las otras dos familias. Seguramente no de su dolor, porque es difícil imaginar lo que tuvieron que sufrir esos padres al ver que su hijo era torturado, asesinado, quemado, vilipendiado, insultado e incluso robado, por el espantoso delito de haberse esforzado al máximo por acudir a la comunión del hermano pequeño de Juan.
Ahora, gracias a la presentación del nuevo libro sobre el caso del amigo Antonio Torres, he tenido ocasión de escuchar el testimonio de los hermanos Mañas y la entereza con la que, tantos años después, continúan con su lucha por evitar el olvido ejemplificado en la famosa frase: “¡Aquí no ha pasado nada!”. Vaya para ellos mi sincero reconocimiento, porque en su esfuerzo por exigir saber lo que en verdad ocurrió nos reivindican un poco a los almerienses.
Como apuntaba en dicha presentación Rafael Quirosa, quedan muchas líneas por esclarecer. Lo que ocurrió en Almería aquel ya lejano mes de mayo fue de un nivel tal de crueldad, incompetencia y salvajismo que no puede ser explicado por la debilidad mental o el afán de ascender de un simple teniente coronel, unido a un concepto erróneo de la obediencia debida de sus subordinados. Todo el despliegue que se organizó alrededor de este caso, tanto cuando ocurrió como después, fue de una escala tal que cuesta creer que hubiera un único responsable jerárquico.
Poco puedo añadir sobre esta herida aún abierta que no haya sido mejor dicho ya; pero sí me gustaría recordar una cosa a aquellos que todavía están a tiempo de aliviar algo el dolor de los familiares de las víctimas, contando lo que ocurrió aquellos fatídicos días. Y no es otra cosa que la omertá supone el valor principal para los grupos mafiosos. Por el contrario, el honor lo ha sido históricamente entre los integrantes de los cuerpos de seguridad del Estado español, sin olvidar que la compasión es uno de los valores que de verdad nos hacen humanos.