La Voz de Almeria

Opinión

Marroquíes, ingleses y ecuatorianos en Almería, ni santos ni demonios

Carta del Director

Carta del Director.

Carta del Director.La Voz

Pedro Manuel de la Cruz

Creado:

Actualizado:

Desde que nuestros vecinos del sur percibieron que bajo los plásticos del poniente almeriense podían encontrar refugio al infierno socioeconómico en el que sobrevivían en medio de la incerteza diaria de no saber si ese día podrían comer, y desde que nuestros vecinos del norte encontraron en el valle del Almanzora un lugar en el que cobijarse del frío, la gelidez y la humedad emocional de sus casas en Manchester, Dublín o Bruselas, Almería se convirtió en un objeto de deseo que ya ha seducido a ciento cincuenta mil personas que han encontrado entre nosotros el bienestar que añoraban en sus aldeas africanas o en sus ciudades europeas. Esta es la realidad. La provincia de la que se vieron obligados a marchar al extranjero decenas de miles de almerienses es ahora -y felizmente- la que acoge a decenas de miles de extranjeros. ¡Las vueltas que da la vida!

Los movimientos migratorios que han posibilitado que la provincia haya pasado de tener poco más de 400.000 habitantes a mediados de los años 80 a los más de 700.000 que la habitan ahora suponen, sin duda, una revolución demográfica de éxito.

Aquel poblachón desestructurado y antiguo que era la capital es hoy una ciudad moderna en construcción en la que, pese a los inevitables problemas que genera un crecimiento tan rápido, nada puede ocultar el desarrollo social, económico, educativo, urbanístico y asistencial por el que transitamos.

De aquel poblachón definido por Fausto Romero como “la Puerta de Purchena rodeada de suburbios” a esta de ahora no han pasado cincuenta años: ha pasado una revolución.

Para los militantes del Pesimismo Conservador (el principal partido de la capital, que tanto daño ha hecho oponiéndose a cualquier avance), el que hoy los barrios, no todos, pero sí cada vez más, se estén convirtiendo en pequeñas ciudades con todas las prestaciones a la vuelta de la esquina es un escenario, en algunos casos, indeseado. ¡Cómo van a tener los vecinos de Los Molinos, Cruz de Caravaca o El Zapillo las mismas prestaciones educativas, sanitarias o comerciales que los que viven en la Puerta de Purchena o sus entornos!

Un cambio, el de poblachón del siglo XIX a ciudad del siglo XXI, que ha sido todavía más intenso en el resto de la geografía provincial. Las comarcas de poniente y levante están sufriendo un proceso de desarrollo acelerado que, más temprano que tarde, será tomado como modelo a seguir en otros territorios.

De aquella venta de El Viso que rompía la desolada aridez que unía la capital con el poniente a esta avenida de cincuenta kilómetros de progreso rodeado de invernaderos que conecta Aguadulce con Adra; de la solitaria extravagancia hippy de Mojácar a las excelentes urbanizaciones y desarrollos turísticos de Vera o Pulpí, y desde la contemplación medievalista de la industria del mármol a la conquista por el Silestone y el Dekton de las encimeras y los cuartos de aseo de los cinco continentes hay una distancia tan grande que hace casi imposible su percepción en toda la amplitud.

Pues bien, todo ese progreso y toda esa revolución sin fuego ni humo se ha hecho y se está haciendo con la aportación de los miles de hombres y mujeres que han llegado hasta nosotros desde el sur, desde el norte y desde el otro lado del océano. Sin ellos nada de lo que hoy tenemos hubiera sido posible

Ahora que el populismo xenófobo, racista y clasista extiende su interesada y premeditada pestilencia sobre los efectos nocivos de la llegada de extranjeros en una estrategia obscena en la búsqueda del voto a través del miedo inducido, convendría detenerse en una pregunta: Si los más de ciento cincuenta mil extranjeros que han llegado hasta la provincia dejaran mañana de trabajar bajo los invernaderos, sobre el cemento de los almacenes, en los campos de lechugas y sandías del levante o cuidando a miles y miles de nuestros mayores ¿Quién haría esos trabajos?

La respuesta es fácil. Sólo hace falta no estar despeñados en la estupidez intelectual o el sectarismo neofascista.

La llegada de extranjeros no ha convertido a Almería ni en un infierno ni en un paraíso. Ni para los que ya estaban aquí, ni para los que han llegado desde fuera.

A ver si nos vamos enterando de una puñetera vez.

tracking