Un lugar en mi mundo
Por fin me he bañado con las sirenas

Arrecife de Las Siernas.
A veces es cierto eso de que a la tercera va la vencida, aunque en otros aspectos de mi vida me haya costado hasta cinco o seis veces más conseguir lo que quería. Lo digo porque a lo largo de este mes he viajado en tres ocasiones al Parque Natural Cabo de Gata-Níjar, con la idea determinante de bañarme en el Arrecife de las Sirenas, pero, o me quedaba a lo largo de la playa de Las Salinas o si subía al Faro me bañaba en la cala que hay debajo, El Corralete.
Sin embargo, este domingo ya no tenía más excusas y busqué la vereda que baja al embarcadero de las sirenas. Había visto tantas veces esa imagen que quería tocar esos hierros oxidados y los toqué, y también me manché. Me senté sobre una especie de traviesa para ponerme unas sandalias de goma, luego me coloqué las gafas que me habían prestado y, poco a poco, agachada, caminando sobre las piedras me lancé al mar.
Entonces empecé a nadar entre cientos de peces por laberintos de rocas, praderas de posidonia y planicies de arena. Sacar la cabeza y mirar lo que me rodeaba era similar a un éxtasis. Dios mío, cuánta belleza, cómo es posible este mundo tan maravilloso.
Salí embargada de emoción y volví a sentarme sobre los raíles, y allí, contemplando la magia del arrecife me comí una hermosa granada que había cogido esa mañana del huerto. Qué más puedo añadir a esta experiencia única e inolvidable. Cuando llegué a casa grité, por fin me he bañado con las sirenas. Todavía tengo en mi mente la forma de la chimenea que sobresale por encima de todos los islotes, majestuosa, divina, bajo el cielo azul y el sol brillante.
Recordé a Jane Austen, escritora que animaba a buscar nuestra autenticidad y así alcanzar nuestro propio sendero. Novelas como “Orgullo y prejuicio”; “Sentido y sensibilidad”. Estoy deseando leerlas.