Salvador, el comedor de plásticos
Salvador, el comedor de plásticos
Soy Salvador, un hombre que come plástico, bolsas, el embalaje de los alimentos, bandejitas doradas o color de plata y las de blanco sencillo como el color del papel. Hace ya algunos meses, sobre la mesa de la cocina después cocer el último huevo, sólo quedó un mendrugo de pan florecido, el cartón de la huevera y el fino plástico que la envolvía, aquel bodegón raquítico brillaba bajo la luz mortecina de una bombilla desnuda.
Pensé que era un remilgado y que bien podía comerme todo eso de unos cuantos bocados, al fin de cuentas no podía tener un sabor demasiado distinto al desconsolado e insípido huevo que acaba de tragarme. Pero tuve el antojo de cocinarlo, corté a tiras como si fueran largos fideos transparentes, el plástico envolvente y con el cartón hice unas bolitas que parecían albóndigas aunque demasiado amarillas. En un cajón aún quedaba un poco de queso rallado antiguo, no confundir con añejo, pero estaba infectado de moho del tamaño de los champiñones.
Cuando lo tuve todo dispuesto, rehogué aquel torpe trabajo papiroflexico en el jugo de los hongos, que al contacto del fuego había formado una gelatina verde fluorescente, semejante al aceite de pistacho tan recomendable para dorar ligeramente la carne de faisán. Y sobre aquella salsa espesa, las albóndigas de celulosa de tercera, fueron cobrando vida y ya parecían reales con aquel color a cobre bruñido y después tostado, hasta salivaba al contemplar el manjar.
En la olla fueron a parar los estilizados fideos que pensaba cocer a fuego lento, para que aquella suerte de pasta sintética y deshidratada, no terminara convirtiéndose en una hamburguesa tan oscura como las gomas de una rueda. Recorté con las tijeras las fotos de unas gambas que encontré en un viejo libro de cocina y fui echándolas unas tras otra a la olla de fideos, por unos segundos me vino el olor a gambas, sentía un dolor siniestro y una nostalgia infinita de otros días más felices.
Faltó nada para que tirara el ensayo gastronómico a la basura, este sueño del hambre solo podía ofrecerme un colapso intestinal y con algo más de suerte una intoxicación severa. Pero el azahar nutriente existe, lejos de sentarme como un tiro, las albóndigas a la salsa mohosa envueltas en fideos con gambas fotográficas, resultaron exquisitas y además llenaban.
En sólo unos pocos meses tenía más de 100 recetas muy bien detalladas, vendí mi trabajo a un cocinero de fama universal, y de tres estrellas plastilín pasó a cinco. Gané una fortuna gracias a ellas, pero nunca quise desprenderme del secreto de las albóndigas con fideos, y no sé a quién debo mi éxito; a la imaginación que nace del hambre o a Mariano Rajoy al que nadie negará que nos está haciendo más creativos y hasta mejores cocineros.