El Gatopardo
El Gatopardo
Veo las portadas de la prensa almeriense repletas de rostros con renacido y rotativo vigor y pienso -oh tiempos, oh costumbres- que la política es a veces como el río que explicaba Heráclito, en el que las aguas volvían siempre a pasar por el mismo cauce sin atender a los bañistas que en él se remojan. Y si para un camello es difícil pasar por el ojo de una aguja, más difícil parece que un candidato socialista sin divisa de veteranía o espaldarazo oficial pase por el trance de ser elegido limpiamente en asamblea, sin sufrir los golpes y las flechas de lo que Shakespeare llamaba “la injusta fortuna” y los periodistas actuales definen como “una asamblea de gran participación”. Y aunque nadie parezca haberse dado cuenta, no deja de resultar paradójico que la renovación de un partido acabe siendo la revisitación de los carnets más arrugados. Por eso, y a la espera del discurso que intente explicar la paradoja de la zombificación como solución de futuro, sigo contemplando desde la distancia y la melancolía el salón siciliano en el que se ha acabado convirtiendo el partido socialista almeriense, en donde nobles y terratenientes dilucidan, maniobran y esperan el siguiente vals, mientras actúan como Don Fabrizio, el personaje viscontiniano que interpretaba Burt Lancaster en “El Gatopardo”, cuando decía: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. ¿Y qué sucederá ahora en el PSOE almeriense? Pues la respuesta nos la da el mismo personaje: “¡Bah! Tiroteos inocuos y después todo será igual, pese a que todo habrá cambiado: una de esas batallas que se libran para que todo siga como está.”