Me caigo bien
Creo que ya formo parte de ese reducido grupo de personas que me caen bien

He conocido tantas extinciones que cualquier día me convierto en una especie de dinosaurio
He conocido tantas extinciones que cualquier día me convierto en una especie de dinosaurio, como les sucedía a los personajes de la genial obra de teatro ‘El rinoceronte’ de Eugene Ionesco, ya casi olvidada. Dinosaurio o rinoceronte, que tanto da.
Después de décadas de desencuentros, de decepciones e inútil obstinación creo que he llegado a formar parte del selecto grupo de personas que me caen bien. He de confesar que no ha sido tarea fácil, aunque si reconfortante.
Antes era frecuente que me entregara a ensartar mis defectos como las cuentas de un rosario interminable plagado de misterios. Ridículos los dolorosos, inútiles los gozosos. Pero, eso era en otro tiempo. Ahora, ya no merece la pena.
La libertad no le da la razón a quien la ejerce, sino que le hace responsable de sus equivocaciones. El miedo, los celos, la angustia, la decepción, el odio, el ridículo, la envidia, la inseguridad, el rencor... Son palabras que espantan y que sugieren la necesidad de reunir y desempolvar recuerdos favorables para paliar las aciagas consecuencias que prometen. Recuerdos que justifican las experiencias vividas reescritos con unas gotas de literatura y un pellizco de autocompasión.
Creo que ya ha llegado el momento de enfrentarse a la ardua y dolorosa tarea de desear lo que se ha merecido. De convencerse de que es deseable todo aquello que la vida y el azar han dejado en la memoria como recompensa.
Hubo un tiempo en el que algunos fogonazos de optimismo permitían traducir los deseos en éxitos merecidos al alcance de la mano, pero todo forma ya parte de la novela inconclusa escrita en secreto para uno mismo.
Dice una vieja sentencia que vale más tener que desear. Sin embargo, sin deseos la vida se estrecha, se oscurece y se encamina inexorablemente a una secuencia de días y de horas en las que el corazón sigue latiendo de modo que se hace necesario darle de comer y beber a ese invitado de carne y hueso que es uno mismo. Ese autómata que parece animado por una extraña fuente de energía aparentemente inagotable. Nada más lejos de la realidad.
Se es quien se ha querido ser pero se acaba siendo quien se ha merecido ser. Ni todo es deseo inalcanzado, ni todo mérito desdeñable. Por eso, creo que ya formo parte de ese reducido grupo de personas que me caen bien.
He visto colmadas aspiraciones que seguramente no merecí jamás, igual que quizás haya merecido cumplir deseos que se quedaron en el limbo de los sueños imposibles. Pero, a pesar de todo he llegado a caerme bien. A fin de cuentas, esto es lo que le sucede a la mayoría de las personas, incluso a muchas más que aún no se han dado cuenta. Todo es cuestión de tiempo, de supervivencia. Cuando las confesiones ya no sirven para nada y los actos de contrición parecen las cómicas ocurrencias de un monologuista, entonces resulta más sencillo ordenar aleatoriamente los deseos y los méritos como si fuesen los versos firmados por un poeta surrealista, escritos en la servilleta de papel de un humilde cafetín después de una larga noche de hambre y absenta. Por supuesto, nada que pueda quedar claro si se quieren evitar consecuencias indeseables.
Se trata de caerse bien pese a todo