Sobre lenguaje político (I)
Sobre lenguaje político (I)
El pasado veintitrés de octubre me sorprendió una serie de preguntas retóricas que una senadora catalana dirigió al presidente del Gobierno; lo hizo de esta manera:
¿Qué tiene miedo Sr. Rajoy? ¿De la voluntad popular?
¿Qué tiene miedo Sr. Rajoy? ¿Del diálogo?
¿Qué tiene miedo Sr. Rajoy? ¿De la democracia?
No me había repuesto de la extrañeza, cuando otra mayor me asaltó cinco minutos después; en el mismo telediario, oí a la tonadillera Isabel Pantoja dirigirse al juez de esta otra guisa:
Era yo la que le daba a él
Era yo quien lo mantenía
Era yo quien le di trabajo
Era yo quien le pagaba su sueldo
Ambas estructuras, muy parecidas y a las que denominamos series enumerativas, tienen un valor considerable en la interlocución, del que más tarde hablaremos. Antes, quisiéramos apuntar que la segunda sorpresa fue mayor aun que la primera porque no es normal que alguien, en esas circunstancias, utilice estructuras de este tipo, con repetición, además, de un término: “era yo quien” al inicio de cada frase. Es más, si consideramos que el nivel cultural de la persona que la emite es medio o bajo, no sería muy arriesgado pensar que la cantante la llevara preparada y aprendida de memoria, algo que no habría de resultar complicado a quien acostumbra a memorizar tantas canciones a lo largo de su carrera. La frase tuvo su efecto positivo, y todos los medios de comunicación se hicieron eco de ella al día siguiente.
La extrañeza previa, la que me produjo lo dicho por la senadora catalana, no se debió a que empleara preguntas retóricas, pues este tipo de preguntas que no esperan respuesta son propias del discurso político, y, por tanto, frecuentes en los discursos parlamentarios; tampoco mi asombro lo produjo el hecho de que la senadora empleara las citadas series enumerativas, como la tonadillera, con repetición de palabras: “¿Qué tiene miedo Sr. Rajoy?” al inicio de cada nueva idea, pues tal mecanismo, como ocurre con las preguntas retóricas, también es propio del discurso político, donde se usa con asiduidad. En este caso, mi sorpresa procedía del ataque al principio de corrección que suponía el decir tres veces seguidas ¿Qué tiene miedo Sr. Rajoy?, en lugar del correcto ¿De qué tiene miedo, Sr. Rajoy?”, que es lo que hubiéramos dicho cualquier persona con un conocimiento normal del español. Lo que queda fuera de toda duda es que tanto la cantante como la senadora se apoyaron en el lenguaje para hacer el mensaje más atractivo, más directo, más convincente, posiblemente, más creíble y, sin duda, más fácil de fijar en la mente de cualquier interlocutor. En el intento de convencer, este tipo de estructura paralelística, tiene gran capacidad de convicción; el uso rítmico de cada uno de los elementos que componen las distintas frases y, especialmente, la repetición de determinadas formas (mismas palabras, mismos tiempos verbales, etc.) mueve a los oyentes emocionalmente y contribuye a una supuesta mayor convicción en lo que se dice. De hecho, ese mismo día, ambas citas eran recogidas por todos los medios de comunicación.
Según Iribarren, la frase “Bien sería, pero no es necesario” tan usual en muchos pagos, procede del Catecismo del padre Astete, cuando en este se pregunta:
-¿Y es menester siempre que uno cae en pecado mortal confesarse luego para que se le perdone?
-Bien sería, pero no es necesario
Y posiblemente no hubiera sido tampoco necesario tan largo preámbulo como el que el lector ha leído para justificar el tema que hoy iniciamos y que trataremos a lo largo de varios artículos: el lenguaje político y sus mecanismos de expresión, entre los que las serie enumerativa (como la empleadas por la senadora y por la cantante) es de los más frecuentes.
El lenguaje político, como todo lenguaje especial (en el sentido de lenguaje distintivo de grupo, utilizado por los políticos en el cumplimiento de sus funciones), tiene una serie de rasgos que lo caracterizan y le dan un estilo determinado; entre ellos, cabe hablar de la repetición, el enmascaramiento de la realidad, la ambigüedad, la creación de léxico, las preguntas retóricas, etc. Y como el discurso político, como le ocurre entre otros al publicitario, pretende hacer saber con objeto de hacer hacer a sus interlocutores, a los rasgos apuntados habrá que sumar dos nuevos: sus caracteres apelativo y persuasivo. Es apelativo porque se pretende influir en alguien y para influir se ha de persuadir. Ya lo dijo Jenofonte: “Aquellos a quienes obligáis y constreñís a alguna cosa, os aborrecen como si los privarais de algo; aquellos a quienes persuadís os aman como bienhechores”.
De repeticiones, de enmascaramientos, de ambigüedades, de apelaciones y de persuasiones hablaremos. Pero será en posteriores artículos.