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Opinión

De nuevo sobre oratoria en la élite política

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En este año, que ya se acaba, no hemos tenido Debate en torno al estado de la nación. El argumento esgrimido por el Gobierno ha sido la avanzada fecha en que se celebraron las elecciones al Parlamento el año anterior (20 de noviembre). Si tenemos en cuenta que los Debates se vienen realizando en los meses de junio o julio, el espacio entre un acto y otro resultaba corto. No obstante, se podría haber celebrado en octubre, como ocurrió en 1983 (año de su instauración por Felipe González), en noviembre o en diciembre. El Gobierno, sin embargo, no lo creyó oportuno.


Se dice, posiblemente con algo de imaginación, que en la Universidad de Salamanca existía la costumbre de que los alumnos pobres iban una hora antes a clase para calentar los asientos de los alumnos nobles, de los que dependían. Cuando empezaba la clase, los primeros tenían que cambiarse a los pupitres finales, que estaban muy fríos. Los sirvientes, tras protestar reiteradamente ante las autoridades, ganaron el derecho a patalear durante cinco minutos para entrar en calor. Ese mismo derecho al pataleo es el que nosotros queremos ejercer al vernos privados de dicho debate. Y lo vamos a hacer lamentando la poca atención que nuestros políticos prestan a su oratoria. Esto nos hace pensar que, salvo sorpresa, poco nos hemos perdido desde este punto de vista. Es un pataleo menor, pero pataleo.


La costumbre actual de leer las intervenciones ha hecho olvidar aquel principio según el cual el mejor texto  escrito sería un mal discurso, un fracasado discurso si falla la memoria o la actio, que eran las partes que hacían que ese escrito se transformara en un verdadero discurso oral y no quedara, como ha ocurrido con las intervenciones iniciales de Aznar, Zapatero y Rajoy  en los citados debates, en una mera alocución escrita para ser leída. ¿Acabará Rubalcaba con esta  mala costumbre? Aunque sus dotes oratorias son indiscutibles, nos tememos que no considere necesario tal trabajo.


Es verdad que cuando oímos los discursos de nuestra élite política podemos comprobar que su contenido es ajustado y el estilo de su prosa, previamente escrito, resulta preciso y, en ocasiones, elegante con sus repetidas estructuras paralelas con el fin de enfatizar determinadas ideas; sin embargo su oralización  deriva en un ejercicio sin brillantez en el que si bien es verdad que existe la actuación del político (su voz, sus gestos, su entonación) esta no lleva aparejada un ejercicio de creación, de instantaneidad, de ‘improvisación’, que son los rasgos que distinguen un buen discurso oral de otro escrito que al leerse se oraliza. Con tal actitud, se está renunciando a una conexión física, emocional y racional con los oyentes. Cuando hablamos de oyentes no nos referimos tanto a las personas que están sentadas en el hemiciclo, ya convencidas de antemano, cuanto a los miles de telespectadores que lo siguen desde sus hogares.


Es verdad que en nuestros días todo ha cambiado con respecto a la considerada época dorada del parlamentarismo oratorio en España (segunda mitad del siglo XIX y primera parte del XX).


Los hábitos y preferencias en cuanto al lenguaje público y privado son muy diferentes, incluso podemos decir que la vieja retórica se considera  como algo huero, vacío y desfasado. Esto no quiere decir que el estilo más sencillo de nuestros días sea menos retórico, dado que ‘lo retórico’ es solo el intento de utilizar la lengua para influir en otras personas, sin que tenga que asociarse con lo artificial y vano, ni con lo teatral y afectado.


Asimismo, se cree firmemente que el tiempo de los oradores ha pasado y ha dejado su lugar al de los ‘comunicadores’, figura predominante en todos los medios de expresión oral. Aunque no sé muy bien si hay hoy mejores comunicadores que algunos de los grandes parlamentarios de ayer (Cánovas, Martos, Salmerón, Castelar, Moret, Alcalá-Zamora) o de hoy (González, Herrero de Miñón, Erkoreka, etc.), lo cierto es que cada vez más nuestros políticos, salvo afortunadas excepciones, se refugian en discursos que, si bien están lejos del recargamiento y teatralidad decimonónicos, resultan poco convincentes y menos elegantes.


El presidente, ahora Rajoy, y el líder de la Oposición, ahora Rubalcaba, habrán de aguardar el Debate de 2013  para pasar de los discursos escritos oralizados a los discursos orales, a la par que de la argumentación persuasiva, que opera especialmente sobre los ya convencidos, a una argumentación, además, convincente.


Es posible que sea pedir demasiado para el año próximo, máxime con el momento en que nos ha tocado vivir, pero en tanto el alma siga teniendo ilusiones, son estas las que nos han de sostener.  Algo parecido dijo Víctor Hugo.


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