Hasta la coronilla y la tonsura
Hasta la coronilla y la tonsura
Supe, aunque tarde, por mis estimadas y carismáticas Pilar Pérez y Mercedes Soler, dialogantes y comprensivas, que le iban a hacer un merecido homenaje a Dolores Agüero, a cuya entera disposición quedo desde este momento, no en vano, en mi inmerecido homenaje, ella tuvo una intervención apoteósica. En resumen: Pilar Pérez, Carmen Alcalde y ella conforman un trío emblemático y querido. Mencioné el evento en mi artículo anterior pero faltó un fragmento de Dolores: “Se me olvidó, señor, que yo existía. El viento me arrancó mis ilusiones, dejándome la vida tan vacía, que tan solo encontré cavilaciones”
No suele faltar en esas ocasiones especiales ni en las reuniones semanales Carlos Hernández, parte importante de la cultura almeriense.
Sería prolijo, y no me atrevo a citar a una serie de grandes poetas que día a día descubro entre mis papeles viejos y que podrían engrosar la lista “tan grande que cubran el sol”; por ello, día a día, busco y rebusco para que LA VOZ DE ALMERÍA se sienta satisfecha de publicar lo que Pérez Tudela, muchas veces pájaro de mal agüero, escribe bajo la égida de su querida Paca que, independiente, se limita a observar y, a veces, cruzar besos ecológicos y otros judaicos.
Cogido de su mano nívea miramos la tele en silencio y recuerdo a los que se llaman hombres y son monicacos. Sin generalizar: hacer el amor requiere una serie de rituales psicosomáticos que los viejos verdes no paran de indicar, sobre todo por las mañanas, de forma tan extraña para el pueblo llano que a mí y a mi dulce y querida compañera nos hacen bostezar y al cambiar de canal nos encontramos con el fútbol constante e impenitente. En resumen, hablamos de política, tema que le apasiona, y terminamos coincidiendo en que Rajoy y Rubalcaba son lobos de la misma camada.
Anda un pobre periodista intentando zaherir vanamente ya que siempre canta la misma canción. Hablando en plata, porque me da la gana, quiero decirle al clero que los homosexuales, lesbianas, transexuales y un largo etc. no son enfermos que requieran cuidados médicos ni operaciones de quirófano.
Todo esto lo pienso mientras voy cogido de una mano nívea camino del Palmeral, buscando refugio y paz en la médico Purificación Arqueros, que cura el cuerpo y algunas veces mi alma herida. Junto a ella hay un médico llamado Diego Gámez, que no Gómez, que es digno compañero de mi repetida y respetada Purificación que, junto a su marido, cifran su encanto mayor en la nietecita, Marina, a la que yo también quiero mucho.
Antes de entrar en la consulta hay dos mujeres dignas de mención; la mayor es abuela, pero es tan linda que, en mi loca imaginación la cogería en mis brazos y le cantaría una nana. Se llama -por mucho tiempo- Loli Comenforte. La otra es Isabel González, madre soltera con orgullo bien entendido y una belleza rara pero muy hermosa. Aún amando la vida hay momentos que ruego al Señor: “Ven muerte tan escondida que no te siente venir, porque el placer de morir no vuelva a darme la vida”. Reacciono y escucho la voz de mi estimado Pedro Yangüas. “Volvería a nacer mil veces solo para sentir la belleza de ser persona”.
Pilar Pérez: “¡Déjame ya compañero! Que ya no me llevo tu nombre grabado dentro del pecho”.
Ah, se me olvidaba. Para triunfar en la lucha por la vida, la persona ha de tener una gran inteligencia o un corazón de piedra. Me excluyo de los primeros pero no tengo el corazón de piedra. Algunas veces recuerdo a mamá, cuando me decía: “