La Voz de Almeria

Opinión

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En política, así como en circunstancias más serias, conviene no arrogarse valores tan sólidamente frágiles como la decencia y la integridad, ya que la vida nos suele empujar a terrenos fronterizos y nebulosos en donde todo el mundo acaba metiéndose el dedo en la nariz cuando se cree a salvo de miradas indiscretas.


Enarbolar discursos basados en la reclamación de la decencia que otros han perdido suele ser un pésimo negocio, ya que nos podemos ver abocados a caer bajo el inexorable peso de nuestras dignísimas palabras. Por ejemplo, recordarán que hace más o menos un año, los portavoces del presunto progresismo municipal  andaban tocando el cielo con las manos denunciando la contratación de familiares directos de altos cargos de otros partidos. Entonces, para estos indignados podadores del árbol genealógico tal práctica constituía el reflejo indigno de un nepotismo  anclado en las profundidades de la dehesa sociológica del caciquismo andaluz. En ese momento muchos ni se imaginaban que la rueda de la fortuna giraría de tal modo que ellos, los incorruptibles, acabarían viéndose en la necesidad de formar y/o compartir gobierno. Y hete aquí que los que más se escandalizaban por ver a un cónyuge, un hijo, un suegro o una cuñada en según qué puestos, se han de tragar ahora el gelatinoso batracio de callar al ver a otros cónyuges, otros hijos, otros suegros u otras cuñadas en según qué puestos. La diferencia es que esta frondosa genealogía es ya la nuestra. Bueno, pues ni tan rectos, ni tan íntegros, ni tan coherentes. Milongas para el que las compre.


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