Lecturas
Lecturas
Como Mahoma y la montaña, al libro también le han invertido el camino. Todas las estrategias editoriales, desde la buena presentación del producto hasta la publicidad más seductora, van encaminadas a incrementar la lectura, pero la gente lee cada vez menos. ¿Por qué será? Sin duda la disponibilidad del tiempo libre es cada día más complicada en la medida en que el afán del sustento material se va haciendo empinado. Por este camino, el saber puede recluirse de nuevo en oscuros monasterios y castillos torreados. Quiere decirse que el libro es el espejo de la sociedad. Los muchos medios tecnológicos hacen creer que el ciudadano se entera de cosas importantes para su vida, sin embargo termina el día y se da uno cuenta que casi todo es repetición. Existe, pues, demasiada redundancia en los mensaje que recibimos. Lo que prefiere el público son novelas y de éstas, las históricas. Qué diría ahora Cervantes o Santa Teresa con tanto templario y tanta caballería. El ensayo ha caído. Los grandes libros cruciales, siempre polémicos, sobre las concepciones universales del mundo y de la historia han quedado para las enciclopedias, que suelen adornar el salón. No me extraña la discusión que ha surgido estos día entre Vargas Llosa y Lipotesky sobre si la cultura es saber o meramente entretenimiento. En realidad es una polémica tonta porque la mayoría de nuestros ayuntamientos no piensan en nada de eso; prefieren los toreros para la feria y los cantantes para la caseta popular. Tras esta política cultural, acreditada por los muchos años de pereza mental, resulta evidente que cuesta mucho romper moldes llevando los libros a la calle como las bandejas de canapés en una exposición de pintura. ¡Hombre, a ver si así, se animan ustedes a echarle un ojo a la novelita de moda! Ni eso.