La Voz de Almeria

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En 1538, por encargo de Guidobaldo della Rovere, futuro duque de Urbino, Tiziano pintó una ‘donna nuda’ que con el tiempo sería llamada ‘Venus de Urbino’. El cuadro iba destinado a decorar el guardarropa privado de Guidobaldo y pretendía erigirse, probablemente, en alegoría de su matrimonio con Giulia Varano, celebrado cuatro años antes. La ‘Venus de Urbino’ es, de todas formas, la más fascinante pintura erótica de todo el Renacimiento italiano, y su realización aupó a Tiziano como el artífice supremo del género. Fue la primera y más lograda obra de una larga lista de pinturas con claro contenido sexual –realizadas para el deleite privado de los más poderosos hombres de Europa- que reportaron al veneciano una fama y éxito económico considerables. Entre sus clientes se encontraban papas, cardenales o reyes, como el mismísimo Felipe II, para quien pintó las célebres ‘poesías’.


Uno de esos comitentes fue, varios años después, el cardenal Alessandro Farnese, sobrino del papa Paulo III. Hacia 1544, fascinado por el cuadro del duque de Urbino que había contemplado directamente, Alessandro encargó a Tiziano otra ‘donna nuda’ y le pidió que representara a su amante Ángela, una célebre cortesana de la Roma de entonces. Tiziano comenzó la obra en Venecia y para pintar los rasgos de Ángela se sirvió de un boceto de su cara pintado en Roma –directamente del natural- por Giulio Clovio, enviado al taller de Tiziano por el cardenal a través de Giovanni della Casa, obispo de Benevento y legado del papa en Venecia. El 20 de septiembre, tras visitar el taller de Tiziano y contemplar el nuevo cuadro, Giovanni escribe a Alessandro una carta en la que se recrea en el erotismo del desnudo y textualmente dice: “La venus de Urbino parecerá una monja teatina a su lado... Tu ‘donna’ sería capaz de tentar al mismísimo cardenal de San Silvestro”. Se refería a Tommaso Badiani, principal censor de la Iglesia.


Tiziano acabó la obra en Roma, en 1545. Allí viajó para entregar el cuadro personalmente a Alessandro, quien le pidió entonces una vuelta de tuerca más. En alusión a su amor mercenario con la cortesana, solicitó al pintor que la transformara en una Dánae recibiendo la lluvia de oro, aspecto que, según la mitología clásica, adoptó Júpiter para seducirla y fecundarla. El pintor representó una lluvia de monedas de oro -las mismas con que Alessandro pagaba los favores de Ángela- y un cupido a sus pies, asombrado por el prodigio. El cuadro está hoy en el Capodimonte de Nápoles.


Repasando estas historias, y las de una corte papal que asistió al milagro sixtino de la carne abrasada por el placer (subida al cielo por Miguel Ángel), evoco un mundo de trasgresión, libertad y libertinaje,  extraño a una Iglesia de hoy, reprimida y pacata, incendiaria y radical, que hubiera complacido al mismísimo Badiani.


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