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Opinión

¿Por qué sabemos si alguien habla mal o bien? (II)

¿Por qué sabemos si alguien habla mal o bien? (II)

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En el español normativo la letra R tiene dos pronunciaciones: una producida por una vibración simple de la punta de la lengua en la zona alveolar (fonema /r/), que se corresponde con la r simple intervocálica o detrás de consonante; y otra igual a la r simple pero con vibración lingual múltiple (fonema /rr/), que se corresponde con la r doble (rr) o la r simple inicial (rata) o detrás de /n/, /l/ y /s/ (enredo, alrededor, Israel). Si el primer sonido es algo complicado para los extranjeros, la pronunciación del segundo se les hace casi imposible. Y de ahí, puede ser que se creara el dicho “erre que erre” pues se supone que los hablantes no nativos del español para vencer la dificultad de su pronunciación se pasaban las horas muertas “erre que erre”. Es posible que no sea este el origen y la idea sea mera invención, pero lo que sí es cierto es su significado: “hacer algo obstinadamente, con terquedad”. Y reconozco que algo de ello hay en esta insistencia mía al recordar ciertas cuestiones relacionadas con el  bien y el mal hablar.
En efecto, en nuestro artículo último aludíamos a determinados usos lingüísticos que afean el habla de una persona. Terminábamos nuestra columna con las respuestas de dos señoras almerienses que repetían constantemente la misma idea, creando un discurso redundante y que representaba un atentado contra el principio de claridad y eficacia. Nosotros, erre que erre, vamos a insistir hoy en algunas otras transgresiones.
    Por ejemplo, nuestro juicio sobre un hablante no será positivo si abusa de ciertas muletillas; es lo que le ocurre a esta persona con el entonces, que utiliza cada vez que va a pasar de una idea a otra.

entonces  decidimos hacer la obra // entonces pensamos en representar el Don Juan / que tiene mucho morbo // entonces cuando hacíamos la obra de teatro / a continuación eran los coros// y entonces estábamos todas así muy ilusionadas ///

o a esta otra, que termina sus enunciados con una coletilla del tipo ¿me entiendes?:
 
«Estoy en un ambiente que no es el apropiado, pero sin embargo sé donde tengo que meterme, ¿me entiendes?; y bueno como te he dicho antes, con estas drogas se pretende conocer el mundo, ¿entiendes?;  y quienes las toman no saben que eso no se sabe cómo va a terminar;  pero bueno claro, todo lo que te pongan por delante si quieres que te lo pongan, pues, vas y lo pruebas porque quieres sentir cosas nuevas, ¿me entiendes?».
    
Igualmente, suma en esa balanza del desprestigio lingüístico, la incapacidad de otros hablantes para terminar sus frases; estos, faltos de fluidez al no encontrar las palabras que buscan, dejan las frases inacabadas.

pues bueno / unas sensaciones extrañas ¿no? en principio // y a la vez tiene … no sé … // le veo fuerza ¿no? fuerza // le veo misterio,  le veo … // y parece parece mentira que sea una plaza de toros ¿no? / tan envuelta  en… // parece como un cine un teatro ¿no? ///

Otros sujetos hablantes, ante la misma dificultad de procesamiento, rellenan el final con ciertas coletillas de cierre que no significan nada, como y tal y tal, y eso, y esas cosas, etc., sin que vengan a cuento por el significado del texto. Cuando esas coletillas se repiten una y otra vez, se convierten en muletillas. Durante mucho tiempo, en España, cuando se parodiaba a un famoso exalcalde de Marbella, hace años fallecido, los imitadores coincidían siempre, como recurso jocoso, en terminar los enunciados con la fórmula y tal y tal. Otro famoso –este, cómico- al imitar a una conocida farandulera solía pronunciar cada cuatr

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