El muerto del Sol Portocarrero
El muerto del Sol Portocarrero
Varón de unos cuarenta años, ojos claros y tez blanca, complexión fuerte, pelo castaño. Carece de cicatrices pero tiene un tatuaje en su hombro derecho de caligrafía china y un dibujo de un dragón; no lleva documentación que permita ser identificado, viste un pantalón vaquero y un suéter azul. No presenta signos de violencia, pero uno de los rayos de piedra del Sol de Portocarrero atraviesa su pecho y es la causa más probable de su muerte, que pudo tener lugar entre las cuatro y las seis de la madrugada… Mientras leía el informe de la policía, miré hacia aquel sol esculpido en piedra sobre el muro oriental de la Catedral de Almería y faltaba uno de los haces de la luz con los que el escultor quiso simbolizar el esplendor del astro. Pensé que era demasiada casualidad que se hubiera desprendido después de cientos de años y viniera a matar a aquel infeliz que yacía a mis pies, al lado de un charco de sangre seca al que no dejaban de acudir las moscas. Aquel sol mofletudo, con cara de niño y de grandes ojos vacíos aún reía o quizá no había dejado de hacerlo nunca, sabiéndose el único testigo de aquella muerte y de otras muchas cosas que nunca podría contar.
En Google leí que, aunque el sol era conocido por todos los almerienses con el mismo nombre del Obispo Portocarrero, es un error histórico, pues el bajorrelieve es de una época anterior al mandato de ese obispo y es además un signo pagano y ocultista que representa las divinidades asociadas con el sol. Otras versiones reafirmaban la teoría tradicional y adjudicaban el encargo de su construcción al obispo, y algunas se atrevían a afirmar con absoluta contundencia que la talla era obra de los canteros y los constructores de la catedral, gente modesta y escultores improvisados y no el encargo de ningún mecenas religioso, por eso su talla no es refinada. Ellos escogieron un símbolo pagano para dejar su firma en el edificio o hacer un saludo al alba cada mañana. Encontré hasta otras diecisiete versiones, pero eran pequeñas variaciones de las anteriores, más o menos imaginativas aunque no muy rigurosas.
Estaba decepcionado. Si no había certezas sobre el origen y los autores de aquel sol, cómo podíamos desvelar el presente. Volví aquella misma tarde hasta los muros de la catedral y ahora el sol no reía, debía ser un juego de luces, pues esa mañana tuve la sensación de que en la comisura de aquellos labios de piedra era una risa la que se esbozaba y no un rictus amargo y desolado como el que acababa de ver. Volví esa misma noche y los ojos que antes estaban abiertos ahora parecían dormir, aunque el gesto de la boca era triste como antes.
Pedí a la policía que averiguara el significado de las palabras chinas que aquel hombre llevaba tatuadas, y guardé silencio sobre mi sorprendente descubrimiento. El inspector Salamanca llamó a mi casa para decirme que había traducido las letras del tatuaje, “yo soy la luz de los cielos y la tierra”, y que alguien había robado esa misma mañana el rayo de piedra que atravesaba el pecho del desconocido… No se explicaba cómo había podido suceder.
Poco tiempo después fui hasta La Catedral, quería espiar al Sol; pero no dejaba de mirar hacia donde yo estaba, hizo un gesto para que me acercara cuando se aseguró de que nadie pasaba por la calle y me contó todo sobre la muerte del hombre del tatuaje, pero no quiso responder a mis preguntas sobre su historia, la verdad sobre su caso, y se excusó en su mala memoria y la poca importancia que eso tenía ya, después de tanto tiempo.