La culpa fue del dj
La Nochevieja del 2019 mi madre decidió que serían otros los que cocinarían por nosotras y cargarían los platos en el lavavajillas después de las uvas. No contaríamos con los restos navideños que sirven de menú para los días posteriores, pero daríamos la bienvenida al 2020 bajo una bola de luces y confeti. El plan no era malo y el dj sería el responsable de dar las campanadas.
Si algo me ha enseñado el pesimismo intrínseco que me ha acompañado en mi primera treintena de vida – casi ya cuarentena – , es que, si algo puede salir mal, saldrá mal, y que no podemos confiar en que una persona que mezcla Tractor amarillo, Ritmo, Desátame y la Rosalía en un mismo lapso de tiempo; esté capacitada para dar las campanadas. Nos tomamos las uvas con los mismos problemas de sincronización que la playlist del dj. Un desastre. ¡Hemos sido engañados!, gritó alguien tras la última campanada homenajeando a la famosa pintada (Emosido Engañado) y todos nos abrazamos al 2020 sin ser conscientes de la que se venía encima. Creo que la pandemia se fraguó en ese preciso instante. La culpa fue del dj.
No me sentía tan desamparada, en lo que a uvas se refiere, desde aquella Nochevieja de 2014 en la que Canal Sur coló un anuncio en mitad de las campanadas.
Muchos de mis amigos, queriendo dar por zanjado el 2020, decidieron celebrar la Nochevieja de agosto. Esta festividad corresponde a los berchuleros, a quienes un apagón les privó de las uvas en 1994. Desde entonces, resolvieron echarse a las calles el 31 de agosto y comenzar de nuevo su año. Borrón y cuenta nueva. Así que mi círculo más cercano se engalanó y celebró su 2020.2.
Acomodé mis doce uvas peladas y sin pepitas en un cuenco de cristal y conecté mi pantalla – así de triste es la nueva normalidad – para hacer mi particular borrón y cuenta nueva.
Saben, yo siempre he sentido debilidad por las cosas que no quiere nadie. Como si esa falta de afecto les dotase de algo especial, excepcional y mágico. Mi 2020 empezó con un dj sin sentido del ritmo, una bolsa de confeti y dolor de pies. No obstante, decidí amarlo, porque sabía que si yo no lo hacía, nadie más lo haría. La pandemia lo afeó aún más y yo lo abracé más fuerte, hasta convertirlo en el año de mi vida. Recuerdo un tuit que decía algo así como: “Gente miserable diciendo que el 2020 es el año de su vida”, no es que yo quiera a la pandemia, pero sí los sueños que he alcanzado en este año.
En mi particular celebración del 2020.2, miré a mi cuenco de uvas peladas y sin pepitas – en esto soy irreductible – y me dije: “2020, si no te quiere nadie, ya te quiero yo”.