Será un futuro mal recuerdo
Los países no tienen siempre a mano un Churchill cuando la vida los bombardea con problemas inesperados. Esas circunstancias inesperadas y difíciles son las que miden el liderazgo real de las personas que asumen las responsabilidades públicas.
Personas capaces de soportar el coste y el desgaste de decir las cosas que nadie quiere oír y adoptar las medidas que nadie quiere tomar, pero que son las que al final hay que pedir a la gente.
Se habla siempre de la sangre, el sudor y las lágrimas, aunque la historia haya obviado la cuarta apelación del inolvidable discurso del premier británico bajo las bombas alemanas: el esfuerzo. Y es que debemos tener claro que para salir cuanto antes de esta situación hace falta un gran esfuerzo colectivo.
Y qué quieren ustedes que les diga: lo vamos a tener que hacer con lo que tenemos a mano. En España, afrontamos la peor crisis sanitaria jamás conocida con un gobierno que hace quince días estaba centrado en medir el alcance penal del piropo. No digo más. Y nuestro presidente, ese hombre que solo sabe leer con voz de tocino de cielo las frases que le escribe un gran equipo de publicistas, está demostrando que está a la altura de un gobierno profundamente vacío, al que le quitas la cáscara del pancartismo ilustrado y los cuatro tópicos posmodernos de la izquierda de salón y se queda en lo que es: un accidente democrático. Sólo así puedes pasar de convocar manifestaciones para conseguir una foto en domingo a prohibirlas el lunes por riesgo sanitario.
Por lo tanto, conviene pensar en atacar el problema con los recursos más poderoso que tienen a mano las naciones desprovistas de un liderazgo eficaz: la solidaridad y el sentido común. Hagan caso a las recomendaciones de las autoridades sanitarias, que son las que más saben de esto. No propaguen majaderías telefónicas y eviten las aglomeraciones y los contactos innecesarios. No duden de que todo esto será al final un mal recuerdo. Y el virus también.