Reírse es bueno para la salud
Del mismo modo que una de las reglas básicas de la democracia es respetar los resultados con espíritu deportivo, otro de los pilares de la política razonable es no emplear demasiado tiempo en celebrar las victorias o en dolerse de las derrotas. Tan peligroso es entrar en una suerte de euforia retrospectiva como desplomarse en un interminable duelo de ida y vuelta. Por eso quiero fijarme en dos líneas de reacción que se están frecuentando mucho desde el domingo por la noche. La primera es la risa de la izquierda.
Admitamos que pueden estar riéndose de cómo la derecha entró al trapo de la confrontación ética, que es un territorio plagado de favorecidos que ellas y ellos pastorean con vocación demagógica. Pero al margen de eso ¿de qué se están riendo? Tener el gobierno en manos de un falsario de manual, que además ha demostrado su absoluta carencia de escrúpulos a la hora de buscar apoyos, no parece ser la perspectiva más esperanzadora en el umbral de una nueva crisis económica. Y respecto de la estabilidad territorial, qué quieren que les diga. Su previsible y necesario apoyo, el proletario del casoplón, ya habla del inquietante concepto de la “España plurinacional”. El que lo encuentre divertido que siga riendo, que la risa beneficia la salud.
Y por otro lado están los que, desde el centro derecha tundido en las urnas, propugnan refundaciones, congresos y demás pasos de baile. Si quieren hacer fijo en Moncloa al marido de la presunta experta en temas africanos, no tienen más que ponerse a ello. Finalmente, una consideración más. ¿De qué ha valido elevar un par de octavas el tono del debate? Ya se ha visto que la polarización crispada no reporta grandes réditos a los que se presentan como salvadores de la patria y que el fervorín nunca soluciona nada. El que quiera presentarse a las municipales propugnando la instalación de extintores en la Patrona por si vuelven los rojos, que siga por ahí, que ya verá qué risa.