No hay buenas noticias
El presidente Rajoy ha hecho balance de sus primeros cien días de gobierno y se ha lamentado de no poder dar buenas noticias a los españoles. Vaya hombre, qué carácter. Si fuera un presidente en condiciones habría bromeado con el progreso imparable de nuestra economía, situándola en condiciones de preeminencia y disputa del liderazgo con las demás economías campeonas de la liga mundial, o se habría armado de justa indignación para tildar de antipatriotas y mentirosos a quienes, llevados de un fatigoso pesimismo propio de opciones políticas enclavadas en el fondo de la caverna sociológica, alertasen sobre los peligros de una crisis internacional. “Yo quiero ver la vida de colores, coño”, sentenció hace unos meses un antiguo ministro de certera trayectoria cinegética, que no judicial. Bueno, pues de aquellos polvos, estos lodos. A lo mejor usted no está de acuerdo, pero creo que en esta situación no se trata tanto de que te den buenas o malas noticias como de que te digan la verdad. En la actual situación no caben frivolidades, fantasías animadas o eufemismos: o reducimos el déficit o nos vamos al guano. Y para eso hay que pagar lo que se debe y dejar de gastar más allá de lo estrictamente imprescindible. No hay otra. O bueno, sí que la hay. Queda la posibilidad de rizar el rizo de la irresponsabilidad y, después de haber mentido y arruinado a los españoles con una gestión no ya pésima, sino lo siguiente, alentar la protesta de los ciudadanos ante los necesarios recortes. Los hay con tanta caradura que serían capaces de dar buenas noticias de salud a la momia de Lenin: “Vladimir, tío, te veo cada día más joven”.