Y para cuándo las elecciones?
Nadie es capaz de sobrevivir a su propia transcripción. Si cualquiera de nosotros viera escrito lo que podemos llegar a decir en una reunión distendida nos llevaríamos a buen seguro más de una sorpresa. Por lo tanto, lo de menos es que una ministra haya sido grabada por un personaje inquietante llamando coloquialmente “maricón” a un homosexual. Lo relevante del caso de la (todavía a la hora de escribir estas líneas) Ministra de Justicia, Dolores Delgado, es el hecho de haber mentido flagrantemente al negar cualquier tipo de contacto con el comisario grabador de offderécords.
Que la mentira, por banal que pueda parecer, resulta incompatible con el desempeño del cargo de Notario Mayor del Reino es algo que hasta los más esforzados rescatadores del pecio habrán de ir admitiendo. Y luego está la insostenibilidad del puritanismo esquizofrénico que ha sido elevado a dogma de fe por amplios sectores de una izquierda sociológica, que se considera investida de una categoría ética y moral superior al resto.
Cuando se llega al poder enarbolando el simpecado de la palabra exacta y se hace de la virtud prescrita un elemento inhabilitador del adversario, que te pesquen llamando maricón a un compañero de gabinete, o asumiendo con naturalidad que policías corruptos creen prostíbulos para chantajear a clientes, es un simple ejercicio de justicia poética.
En apenas cien días, el gabinete presidido por el Doctor Fraude ha recorrido todos los caminos del bochorno y del descrédito, evidenciando la artificiosidad de un proyecto destinado al fracaso desde el minuto uno. Pero al margen de los ridículos, las rectificaciones y los señuelos publicitarios, no podemos olvidar prácticas tan casposas como el enchufe de afectos y la purga de desafectos o tan inquietantes como la pretensión de arrebatar la legitimidad al Senado. Apunten como colofón las andanzas sectarias del Ministro de Fomento y su sostenido desprecio a Almería y pregúntense: ¿y las elecciones prometidas, para cuándo?