Decir la verdad
Decir la verdad
Si decir la verdad es tan difícil como ocultarla, debemos suponer que no fue un trance especialmente cómodo el que pasó la otra mañana el presidente Rajoy en la tribuna del Congreso, anunciando un horizonte color hormiga para los próximos meses. Incómodo y desagradable, sí, pero al menos esclarecedor y sincero. Quizás alguien hubiera preferido un tono más edulcorado, una ocurrencia semántica o una mentira. "Miénteme más, que me hace tu maldad feliz" como dice el bolero, pero ya me dirán ustedes el alcance y la duración de la felicidad que gozamos en su día con los brotes verdes y la liga de campeones del inolvidable señor Zapatero. Recuerden que entonces, los que defendían la necesidad de adoptar medidas de choque para paliar la crisis eran tildados de antipatriotas y cenizos. Pero creo que ya deberíamos ser lo suficientemente maduros como para dos cosas muy sencillas: la primera, abandonar el pensamiento mágico de creer que por el mero hecho de cambiar de partido en el Gobierno las cosas empezarán a arreglarse por sí solas. Y la segunda, asumir que todavía hay que atravesar el tramo más complicado de esta necesaria travesía. Y aunque hay que reconocer que el actual Gobierno ha de lidiar con una herencia muy penosa fruto de la irresponsable y frívola gestión del anterior ejecutivo, la excusa de la herencia es temporal y no puede ser aplicada indefinidamente. Pero por antipático que suene, reconocer la gravedad de la situación es el mejor punto de partida para empezar a resolver los problemas. Es preferible que te digan la verdad, aunque duela, antes que perdernos en vanas esperanzas e ilusiones ficticias.