La Voz de Almeria

Opinión

Un paisajista del siglo XVIII

Un paisajista del siglo XVIII

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Trazar el diseño de futuros jardines, entrar con imaginación en la fascinación de un espacio, para que los sueños vayan creando la vegetación y la flora que habrán de abrazarse a los paseantes, es una de las artes más deliciosas, pues serán vividas y habitadas por oleadas de generaciones.


Con el final de año, mi familia asturiana me regaló una obra escrita por María Teresa Caso –hermana de la novelista; hijas de uno de los prestigiosos estudiosos de la obra de Jovellanos- que es un paseo documentado y emocional con el admirable intelectual por su ciudad de nacimiento; a la que su mucho amor e inteligencia, contribuyeron a embellecer de forma impresionante. Sus sueños de ennoblecer y diseñar su ciudad ideal del futuro me produce una fuerte emoción. Jovellanos, ya en 1782, sabía muy bien cómo tenía que ser su villa, una especie de península, que estaba a merced del asalto de las olas; y presenta al Ayuntamiento de Gijón su ‘Plan de mejoras para la ciudad’, donde nada escapa a su sensibilidad de urbanista, cultivado por la seducción de los jardines. Es cierto que se trata de una de las grandes personalidades de la ilustración pero llama la atención con la rapidez que sus propuestas encuentran eco en sus paisanos, y con la urgencia que son aprobadas y acometidas. Una suerte de trabajos para el asombro, que él mismo dirigió y en los que empleó sus energías. Que una ciudad se abra a los sueños que van hacia el mañana, sin mengua de la poética que los anima, impresiona, cuando hemos sufrido tantos reveses en incontables ideas detenidas en la amada Almería. El sueño de Jovellanos para su ciudad nos da la dimensión de su entrega, con la creación de alamedas, plazas y cerros con árboles escogidos por él: “Estoy loco de contento, porque ya van caminando los árboles de Aranjuez, chopos de Lombardía y Carolina, plátanos de Luisiana y Oriente, sauces de Babilonia…con que uno solo prenda de cada cosa bastará para llenar todo Asturias”. Él mismo planta, poda, costea con su dinero, y se desvela, por el arbolado que han puesto en las alturas de Santa Catalina –asomados al mar-: “van tan bien que a nadie deja de agradar”. “No me acuesto noche sin el temor de que mañana me den la triste noticia de que el plantío amaneció destrozado”. Es Jovellanos uno de los grandes hombres de su tiempo, pero, cuida y cambia, como un jardinero prodigioso, los espacios vacíos de su villa, implicándose con un ardor que conmueve. Con sus versos, y su estela, aguardamos que nuevos paisajistas puedan hallar su cauce, entre nosotros: “Las verdes copas de los tiernos chopos/ con que la ornó mi mano, y que ya el tiempo/ alzó a las nubes, cubrirán a entrambos/ con su filial y reverente sombra”.


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