Vaya veranillo político
No sé si los lectores tendrán la misma impresión, pero a mí se me antoja que este verano que estamos viviendo es algo así como una proyección meteorológico-política de la vieja cámara de los horrores con la que se nos atormentaba en nuestra infancia. De momento, las insufribles olas de calor, por no decir la ola permanente, no se parecen a nada del reciente pasado. Por supuesto que el primer pensamiento se planta en la convicción de que las causas residen en el maldito cambio climático en el que no cree ese ser llamado Donald Trump o no creía ese otro llamado Aznar o incluso Rajoy porque se lo había contado su primo. Hombre, un poquito de memoria ya tenemos, qué le vamos a hacer.
Lo universal y ontológicamente increíble es que el conjunto de los Gobiernos y de las instituciones internacionales no se planteen de manera inmediata salir ya al paso de forma contundente y firme de ese sideral asesinato del planeta que se viene perpetrando desde hace muchos años.
Los Gobiernos se apresuran a aplicar en otros ámbitos sus extraños Códigos penales sin poner en funcionamiento el Código que más falta nos hace. Pero lo increible es también que tantos millones de ciudadanos tampoco parecen ser conscientes de la bíblica catástrofe que se aproxima y que al menos no piensen en sus hijos y en sus nietos. Le doy muchas vueltas a esa inconsciencia pero tengo que confesarles que no soy capaz de penetrar en el misterio.
La crueldad de este veranito se complementa con la abrumadora presión sobre todo del 1 de Octubre sobre nuestras pobres cabezas sin que se encuentre la forma de salir del infernal laberinto creado por la parte independentista como respuesta a la presión horrible de los cinco o seis años anteriores desde el Gobierno de la Nación y el Partido Popular.