Dejar la basura en la playa
Bajo el palio sonrosado de la luz crepuscular, la basura pespuntea las playas del Zapillo. Lo cuenta LA VOZ: cuando cae la tarde, las arenas de las playas de la capital comienzan a florecer con los restos que los bañistas han decidido dejar allí mismo, mirando al mar. Esta floración de cochambre es un fenómeno que se produce en esta época del año en las playas almerienses con la misma y minuciosa precisión que los cerezos deflagran la primavera en el Valle del Jerte o las amapolas cubren de rojo los campos de batalla. Y si compartimos ciudad con una piara de guarros, y léalo por favor en la extensión más zoológica del término, a ver qué otra cosa vamos a ver en nuestras playas: porquería, desinterés, flojera y falta de educación. No le dé más vueltas. Y es que quien se cría en ese hábitat hace en la playa, en el cine, en el campo y en muchos casos hasta en su propia casa lo que entiende como natural: vivir sin convivir. Sólo así se entiende que uno pueda llegar al extremo de indigencia cívica que supone dejar tu basura en la playa, en la calle o en donde mejor te parezca, sin pararse a pensar en las consecuencias que ello produce o en los problemas que van a tener los encargados de la limpieza urbana. Enhorabuena si es usted de los que se conforman pensando que la culpa de todo la tiene el Ayuntamiento porque no recoge o porque no limpia lo suficientemente bien. Tal como uno lo ve, el problema no es que la basura se quede en la playa, sino el modo en que ésta aparece en ella. Y como, por el momento, la basura no es un ente ingrávido que cae del cielo como la lluvia, será bueno precisar que no es más limpio el que más recoge sino el que menos ensucia. Y aunque me temo que el que nace lechón ya se sabe cómo muere, les animo a afear a toda esa marrana gente sus marranos actos. Algunos se encaran, es verdad, pero a ver quién puede más, si ellos o nosotros, que somos más y mejores.