La Voz de Almeria

Obituarios

Ha muerto Eloy Tripiana, un señor del fútbol modesto

Levantó un campo de fútbol con sus manos junto a la Térmica y en 2014 recibió el escudo de oro de la ciudad

Eloy Tripiana Sánchez con su hijo en brazos.

Eloy Tripiana Sánchez con su hijo en brazos.La Voz

Eduardo de Vicente
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Era tan generoso que levantó un campo de fútbol con sus propias manos y también con sus ahorros para que los jóvenes de su barrio pudieran tener un sitio decente donde jugar al fútbol. Era un personaje irrepetible, un aventurero del fútbol que ha pasado a la historia verdadera, a esa que se nutre de la memoria de la gente y de los barrios. Ha muerto Eloy Tripiana Sánchez, el que se inventó y le dio nombre a aquel campo de fútbol rudimentario que tuvimos junto a la Central Térmica de El Zapillo allá por los años setenta, el encargado durante tantos años de las pistas polideportivas de la Avenida del Mediterráneo.

Eloy nació en el número uno de la calle del Pósito, que en 1947 era un callejón largo, estrecho y sombrío, que cruzaba toda la franja norte de la plaza del ayuntamiento. En algunos tramos, la calleja tenía la anchura para que pasara una bicicleta, por lo que los vecinos podían darse la mano sacando los brazos por las ventanas.

En la calle del Pósito, una hilera de casas estaba pegada a los muros de los edificios de la Plaza Vieja, y la otra trepaba por las pendientes del cerrillo de San Cristóbal, donde surgían las viviendas en los lugares más inverosímiles. En aquellos tiempos, en la calle se mezclaban las familias llamadas decentes con las mujeres de la vida que ejercían el oficio en sus propias viviendas. Eloy Tripiana contaba que en su calle era donde estaban las putas más guapas del barrio, las más señoriales, las que ejercían la profesión con una dignidad de viejas damas, las que entregaban su alma a nadie por muy cargados que llevaran los bolsillos.

Su padre trabajaba en la espartería que el empresario Antonio Peregrín tenía en la calle Molino del Barrio Alto, donde hacían espuertas para las obras y serones de esparto. Eloy tuvo tiempo de ir a la escuela de la Graduada que estaba en la calle Arráez, pero lo que realmente le gustaba era trepar como un gato por los cerros para colarse con los amigos en La Alcazaba, cuando el recinto acababa de resucitar completamente restaurado. A pesar de que una enfermedad lo dejó tocado de una pierna a los cinco años, Eloy no daba su brazo a torcer y corría como el que más y tenía la misma agilidad que sus compañeros de aventuras, con los que se iba a coger uvas y chumbos al cortijo que el cura don Andrés Pérez Molina tenía en la Hoya.

Pero llegó el día en que tuvo que dejar sus escarceos callejeros para ponerse a trabajar. Tenía sólo doce años cuando se puso a las órdenes de don José Rapallo, que era el responsable de la barcaza que se encargaba de llevar el agua potable hasta los barcos que estaban fondeados en el puerto. Allí tuvo como encargado a Joaquín Muriana, un personaje muy célebre en la ciudad porque sabía hablar varios idiomas. El agua venía del pozo de Santa Rita por una tubería que bajaba por la Rambla hasta la misma explanada del puerto.

Eloy Tripiana estuvo muy ligado sentimentalmente a los pequeños equipos de fútbol que aparecían en su barrio, especialmente al Reino, donde jugaban los muchachos de la zona del Santo, y después al Hércules, que tenía la sede en la subida a La Alcazaba. A comienzos de los años setenta, el presidente de este club, Antonio Belmonte, consiguió que le cedieran un trozo de terreno en la vega de El Zapillo, al lado de la Central Térmica. Lo que sólo era un arenal, se fue transformando día a día en un campo de fútbol. Eloy fue uno de los que trabajaron de día y de noche, aplanando el terreno, esquivando la boquera y arrancando cañas hasta conseguir un campo decente que fue sede del Hércules y del Pavía en aquellos años.

Para vallarlo, utilizaron los bloques de obra que sobraron de la caseta del Partido Comunista, que ocupó esa zona en la Feria de 1976, y para hacer los vestuarios se costearon con el dinero que el club ingresó cuando dos jugadores de su cantera, Gallardo y Pinazo, se fueron a probar con el Real Madrid.

En reconocimiento a su trabajo, el nuevo recinto deportivo fue inaugurado con el nombre de ‘Eloy Tripiana’. Casi cincuenta años después, en 2014, el Ayuntamiento de Almería le concedió el escudo de oro de la ciudad, un galardón que él quiso dedicar a todos aquellos hombres que habían trabajado en el deporte desde los segundos planos, sin grandes papeles, entre bastidores, alisando los campos de tierra con una moto y un colchón, pintando con un carrillo las líneas de cal, arreglando los termos para que los jugadores pudieran tener agua caliente, preparando las copas, montando las porterías, ayudando en el ambigú para poder salir adelante, y haciendo que el deporte más humilde pudiera seguir funcionando con dignidad.

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